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Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 7

Un poder que transforma y eleva

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MUCHOS hombres educados y de influencia habían venido a oír al profeta de Galilea. Alguno, de ellos miraban con curioso interés la multitud que se había congregado alrededor de Cristo mientras enseñaba a la orilla del mar. En esta gran multitud se hallaban representadas todas las clases de la sociedad. Allí estaban el pobre, el analfabeto, el andrajoso pordiosero, el ladrón que llevaba impreso en su rostro el sello de la culpa, el lisiado, el disoluto, el comerciante y el que no necesitaba trabajar, el encumbrado y el humilde, el rico y el pobre, estrechándose unos contra otros por encontrar un lugar donde estar y escuchar las palabras de Cristo. Al echar un vistazo estos hombres cultos sobre la extraña asamblea se preguntaron: ¿Se compone el reino de Dios de semejante elemento? Nuevamente el Salvador contestó con una parábola:

"El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudo".

Entre los judíos, la levadura se usaba a veces como símbolo del pecado. Al tiempo de la Pascua, el pueblo era inducido a quitar toda levadura de su casa, así como debía quitar el pecado del corazón. Cristo amonestó a sus discípulos: "Guardaos de la levadura de los fariseos, que es hipocresía". Y el apóstol Pablo habla de "la levadura de malicia y de maldad". Pero en la parábola del Salvador la levadura se usa para representar el reino de los cielos. Ilustra el poder vivificante y asimilador de la gracia de Dios.

Ninguna persona es tan vil, nadie ha caído tan bajo que esté fuera del alcance de la obra de ese poder. En todos los que se sometan al Espíritu Santo, ha de ser implantado un nuevo principio de vida: la perdida imagen de Dios ha de ser restaurada en la humanidad.

Pero el hombre no puede transformarse a sí mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder capaz de obrar este cambio. La levadura, algo completamente externo, debe ser colocada dentro de la harina antes que el cambio deseado pueda operarse en la misma. Así la gracia de Dios debe ser recibida por el pecador antes que pueda ser hecho apto para el reino de gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe venir de Dios. El cambio puede ser efectuado sólo por el Espíritu Santo. Todos los que quieran ser salvos, sean encumbrados o humildes, ricos o pobres, deben someterse a la operación de este poder.

Como la levadura, cuando se mezcla con la harina, obra desde adentro hacia afuera, tal ocurre con la renovación del corazón que la gracia de Dios produce para transformar la vida. No es suficiente un mero cambio externo para ponernos en armonía con Dios. Hay muchos que tratan de reformarlo corrigiendo este o aquel mal hábito, y esperan llegar a ser cristianos de esta manera, pero ellos están comenzando en un lugar erróneo. Nuestra primera obra tiene que ver con el corazón.

El profesar la fe y el poseer la verdad en el alma son dos cosas diferentes. El mero conocimiento de la verdad no es suficiente. Podemos poseer ese conocimiento, pero el tenor de nuestros pensamientos puede seguir siendo el mismo. El corazón debe ser convertido y santificado.

El hombre que trata de guardar los mandamientos de Dios solamente por un sentido de obligación -porque se le exige que lo haga- nunca entrará en el gozo de la obediencia. El no obedece. Cuando los requerimientos de Dios son considerados como una carga porque se oponen a la inclinación humana, podemos saber que la vida no es una vida cristiana. La verdadera obediencia es el resultado de la obra efectuada por un principio implantado dentro. Nace del amor a la justicia, el amor a la ley de Dios. La esencia de toda justicia es la lealtad a nuestro Redentor. Esto nos inducirá a hacer lo bueno porque es bueno, porque el hacer el bien agrada a Dios.

La gran verdad de la conversión del corazón por el Espíritu Santo es presentada en las palabras que Cristo dirigiera a Nicodemo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios... Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer otra vez. El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido;: mas no sabes de dónde viene, ni a dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu".

El apóstol Pablo, escribiendo por la inspiración del Espíritu Santo, dice: "Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecado, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos; y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios".

La levadura escondida en la harina trabaja en forma invisible para hacer que toda la masa se halle bajo el proceso del leudamiento; así la levadura de la verdad trabaja secreta, silenciosa, invariablemente para transformar el alma.

Las inclinaciones naturales son mitigadas y sometidas. Nuevos pensamientos, nuevos sentimientos, nuevos motivos son implantados. Se traza una nueva norma del carácter: la vida de Cristo. La mente es cambiada; las facultades son despertadas para obrar en nuevas direcciones. El hombre no es dotado de nuevas facultades, sino que las facultades que tiene son santificadas. La conciencia se despierta. Somos dotados de rasgos de carácter que nos capacitan para servir a Dios.

A menudo se levanta la pregunta: ¿Por qué, entonces, hay tantos que pretenden creer en la Palabra de Dios, en los cuales no se ve una reforma en las palabras, en el espíritu y en el carácter? ¿Por qué hay tantos que no pueden soportar la oposición a sus propósitos y planes, que manifiestan un temperamento no santificado, y cuyas palabras son ásperas, despóticas y apasionadas? Se ve en ellos el mismo amor al yo, la misma indulgencia egoísta, el mismo mal genio y lenguaje precipitado que se notan en la vida de los mundanos. Existe el mismo orgullo sensible, la misma concesión a la inclinación natural, la misma perversidad de carácter que si la verdad fuera completamente desconocida para ellos. La razón es que no están convertidos. No han escondido la levadura de la verdad en su corazón. No ha habido oportunidad para que ella realizan su obra. Sus tendencias naturales y cultivadas a hacer lo malo no han sido sometidas a su poder transformador, Sus vidas revelan la ausencia de la gracia de Cristo, una falta de fe en su poder para transformar el carácter.

"La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios". Las Escrituras constituyen el gran agente en la transformación del carácter. Cristo oró: "Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad". Si se la estudia y obedece, la Palabra de Dios obra en el corazón, subyugando todo atributo no santificado. El Espíritu Santo viene a convencer del pecado, y la fe que nace en el corazón obra por amor a Cristo, y nos conforma en cuerpo, alma y espíritu a su propia imagen. Entonces Dios puede usarnos para hacer su voluntad. El poder que se nos da obra desde adentro hacia afuera, induciéndonos a comunicar a otros la verdad que nos ha sido transmitida.

Las verdades de la Palabra de Dios hacen frente a la gran necesidad práctica del hombre: la conversión del alma por medio de la fe. No ha de pensarse que estos grandes principios son demasiado puros y santos para ser aplicados en la vida diaria. Son verdades que llegan al cielo y alcanzan la eternidad; y sin embargo, su influencia vital ha de ser entretejida en la experiencia humana. Han de compenetrar todas las grandes y pequeñas cosas de la vida.

Recibida en el corazón, la levadura de la verdad regulará los deseos, purificará los pensamientos, dulcificará la disposición. Aviva las facultades de la mente y las energías del alma. Aumenta la capacidad de sentir, de amar.

El mundo considera como un misterio al hombre imbuido de este principio. El hombre egoísta y amador del dinero vive sólo para conseguir las riquezas, los honores y los placeres de este mundo. Omite de sus cálculos el mundo eterno. Pero en el caso del seguidor de Cristo, estas cosas no lo absorberán todo. Por causa de Cristo, trabajara y se negará a sí mismo, para poder ayudar en la gran obra de salvar a las almas que se hallan sin Cristo y sin esperanza en el mundo. El mundo no puede comprender a un hombre tal; porque él tiene en cuenta realidades eternas.

El amor de Cristo con su poder redentor ha venido a su corazón. Este amor subyuga todo otro motivo, y eleva a su poseedor por encima de la influencia corruptora del mundo.

La palabra de Dios ha de tener un efecto santificador en nuestra relación con cada miembro de la familia humana. La levadura de la verdad no producirá espíritu de rivalidad, ambición, deseo de la supremacía. El amor verdadero nacido del cielo no es egoísta y cambiable. No depende de la alabanza humana. El corazón de aquel que recibe la gracia de Dios desborda de amor a Dios y a aquellos por los cuales Cristo murió. El yo no lucha para ser reconocido. No ama a otros porque ellos lo aman a él y le agradan, porque aprecian sus méritos, sino porque constituyen una posesión comprada por Cristo. Si sus motivos, palabras o acciones son mal entendidas o falseadas, no se ofende, sino que prosigue invariable su camino. Es amable y considerado, humilde en la opinión que tiene de sí mismo, y sin embargo lleno de esperanza, y siempre confía en la misericordia y el amor de Dios.

El apóstol nos exhorta: "Conforme es santo aquel que os ha llamado, sed también vosotros santos, en toda vuestra manera de vivir; porque está escrito: Habéis de ser santos, porque yo soy santo". La gracia de Cristo ha de dominar el genio y la voz. Su obra se revelará en la cortesía y la tierna consideración mostradas por el hermano hacia el hermano, con palabras bondadosas y alentadoras. Existe una presencia angelical en el hogar. La vida despide un dulce perfume que asciende a Dios como sagrado incienso. El amor se manifiesta en la bondad, la gentileza, la tolerancia y la longanimidad.

El semblante cambia. Cristo que habita en el corazón, brilla en el rostro de aquellos que le aman y guardan sus mandamientos. La verdad queda escrita allí. Se revela la dulce paz del cielo. Se expresan allí una bondad habitual, un amor más que humano.

La levadura de la verdad efectúa un cambio en todo el hombre, convirtiendo al rústico en refinado, al áspero en amable, al egoísta en generoso. Por su medio el impuro queda limpio, lavado en la sangre del Cordero. Por medio de su poder vivificante, hace que la totalidad de la mente, el alma y las fuerzas quede en armonía con la vida divina. El hombre con su naturaleza humana llega a ser partícipe de la divinidad. Cristo es honrado con la excelencia y la perfección del carácter. Y mientras se efectúan estos cambios, los ángeles rompen en himnos arrobadores, y Dios y Cristo se regocijan sobre las almas transformadas a la semejanza divina.