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Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 13

Un signo de grandeza

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CRISTO dirigió la parábola del fariseo y del publicano a "unos que confiaban de sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros". El fariseo sube al templo a adorar, no porque sienta que es un pecador que necesita perdón, sino porque se cree justo, y espera ganar alabanzas. Considera su culto como un acto de mérito que lo recomendará a Dios. Al mismo tiempo, su culto dará a la gente un alto concepto de su piedad. Espera asegurarse el favor de Dios y del hombre. Su culto es impulsado por el interés propio.

Y está lleno de alabanza propia. Lo denota en su apariencia, en su forma de andar y en su forma de orar. Apartándose de los demás, como para decir: "No te llegues a mí, que soy más santo que tú", se pone en pie y ora "consigo". Con una completa satisfacción propia, piensa que Dios y los hombres lo consideran con la misma complacencia.

"Dios, te doy gracias -dice-, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano". Juzga su carácter, comparándolo, no con el santo carácter de Dios, sino con el de otros hombres. Su mente se vuelve de Dios a la humanidad. Este es el secreto de su satisfacción propia.

Sigue repasando sus buenas obras: "Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo". La religión del fariseo no alcanza al alma. No está buscando la semejanza del carácter divino, un corazón lleno de amor y misericordia. Está satisfecho con una religión que tiene que ver solamente con la vida externa. Su justicia es la suya propia, el fruto de sus propias obras, y juzgada por una norma humana.

Cualquiera que confíe en que es justo, despreciará a los demás. Así como el fariseo se juzga comparándose con los demás hombres, juzga a otros comparándolos consigo. Su justicia es valorada por la de ellos, y cuanto peores sean, tanto más justo aparecerá él por contraste. Su justicia propia lo induce a acusar. Condena a "los otros hombres" como transgresores de la ley de Dios. Así está manifestando el mismo espíritu de Satanás, el acusador de los hermanos. Con este espíritu le es imposible ponerse en comunión con Dios. Vuelve a su casa desprovisto de la bendición divina.

El publicano había ido al templo con otros adoradores, pero pronto se apartó de ellos, sintiéndose indigno de unirse en sus devociones. Estando en pie lejos, "no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho" con amarga angustia y aborrecimiento propio. Sentía que había obrado contra Dios; que era pecador y sucio. No podía esperar misericordia, ni aun de los que lo rodeaban, porque lo miraban con desprecio. Sabía que no tenía ningún mérito que lo recomendara a Dios, y con una total desesperación clamaba: "Dios, sé propicio a mí pecador". No se comparaba con los otros. Abrumado por un sentimiento de culpa, estaba como si fuera solo en la presencia de Dios. Su único deseo era el perdón y la paz, su único argumento era la misericordia de Dios. Y fue bendecido. "Os digo -dice Cristo- que éste descendió a su casa justificado antes que el otro".

El fariseo y el publicano representan las dos grandes clases en que se dividen los que adoran a Dios. Sus dos primeros representantes son los dos primeros niños que nacieron en el mundo. Caín se creía justo, y sólo presentó a Dios una ofrenda de agradecimiento. No hizo ninguna confesión de pecado, y no reconoció ninguna necesidad de misericordia. Abel, en cambio, se presentó con la sangre que simbolizaba al Cordero de Dios. Lo hizo en calidad de pecador, confesando que estaba perdido; su única esperanza era el amor inmerecido de Dios. Dios apreció la ofrenda de Abel, pero no tomó en cuenta a Caín ni a la suya. La sensación de la necesidad, el reconocimiento de nuestra pobreza y pecado, es la primera condición para que Dios nos acepte. "Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos".

En la historia del apóstol Pedro hay una lección para cada una de las clases representadas por el fariseo y el publicano. Pedro se conceptuaba fuerte al comienzo de su discipulado. Como el fariseo, en su propia estima no era "como los otros hombres". Cuando Cristo, la víspera de ser traicionado, amonestó de antemano a sus discípulos: "Todos seréis escandalizados en mí esta noche", Pedro le dijo confiadamente: "Aunque todos sean escandalizados, mas no yo". Pedro no conocía el peligro que corría, y lo descarrió la confianza propia. Se creyó capaz de resistir la tentación; pero pocas horas después le vino la prueba, y con maldiciones y juramentos negó a su Señor.

Cuando el canto del gallo le hizo recordar las palabras de Cristo, sorprendido y emocionado por lo que acababa de hacer, se volvió y miró a su Maestro. En ese momento Cristo miró a Pedro, y éste se comprendió a sí mismo ante la triste mirada, en la que se mezclaban la compasión y el amor hacia él. Salió y lloró amargamente, pues aquella mirada de Cristo quebrantó su corazón. Pedro había llegado al punto de la conversión, y amargamente se arrepintió de su pecado. Fue semejante al publicano en su contrición y arrepentimiento, y como éste, también alcanzó misericordia. La mirada de Cristo le dio la seguridad del perdón.

Entonces desapareció su confianza propia. Nunca más se repitieron sus antiguas aseveraciones jactanciosas.

Después de su resurrección, Cristo probó tres veces a Pedro. "Simón, hijo de Jonás -le dijo-, ¿me amas más que éstos?" Pedro no se ensalzó entonces por encima de sus hermanos, sino que apeló a Aquel que podía leer su corazón. "Señor -dijo-, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo".

Entonces recibió su comisión. Le fue designada una obra más amplia y delicada de la que le había tocado antes. Cristo le ordenó apacentar las ovejas y los corderos. Al confiar así a su mayordomía las almas por las cuales el Salvador había depuesto su propia vida, Cristo dio a Pedro la mayor prueba de confianza en su rehabilitación. El discípulo que una vez fuera inquieto, jactancioso, lleno de confianza propia, se había vuelto sumiso y contrito. Desde entonces siguió a su Señor con abnegación y sacrificio propio. Participó de los sufrimientos de Cristo; y cuando Cristo se siente en el trono de su gloria, Pedro participará de su gloria.

Hoy día el mal que provocó la caída de Pedro y que apartó al fariseo de la comunión con Dios, está ocasionando la ruina de millares. No hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más desesperado, el más incurable.

La caída de Pedro no fue instantánea, sino gradual. La confianza propia lo indujo a creer que estaba salvado, y dio paso tras paso en el camino descendente hasta que pudo negar a su Maestro. Nunca podemos con seguridad poner la confianza en el yo, ni tampoco, estando, como nos hallamos, fuera del cielo, hemos de sentir que nos encontramos seguros contra la tentación. Nunca debe enseñarse a los que aceptan al Salvador, aunque sean sinceros en su conversión, a decir o sentir que están salvados. Eso es engañoso. Debe enseñarse a todos a acariciar la esperanza y la fe; pero aun cuando nos entregamos a Cristo y sabemos que él nos acepta, no estamos fuera del alcance de la tentación. La Palabra de Dios declara: "Muchos serán limpios, y emblanquecidos, y purificados". Sólo el que soporte la prueba, "recibirá la corona de vida".

Los que aceptan a Cristo y dicen en su primera fe: "Soy salvo", están en peligro de confiar en sí mismos. Pierden de vista su propia debilidad y constante necesidad de la fortaleza divina. No están preparados para resistir los ardides de Satanás, y cuando son tentados, muchos, como Pedro, caen en las profundidades del pecado. Se nos amonesta: "El que piensa estar firme, mire no caiga". Nuestra única seguridad está en desconfiar constantemente de nosotros mismos y confiar en Cristo.

Fue necesario que Pedro conociera sus propios defectos de carácter, y su necesidad del poder y la gracia de Cristo. El Señor no podía librarlo de la prueba, pero sí podía salvarlo de la derrota. Si Pedro hubiese estado dispuesto a recibir la amonestación de Cristo, hubiera velado en oración. Habría caminado con temor y temblor para que sus pies no tropezaran, y habría recibido la ayuda divina para que Satanás no venciera.

Pedro cayó debido a su suficiencia propia; y fue restablecido de nuevo debido a su arrepentimiento y humillación. Todo pecador arrepentido puede encontrar estímulo en el relato de este caso. Pedro no fue abandonado, aunque había pecado gravemente. Sobre su alma se habían grabado las palabras de Cristo: "Yo he rogado por ti que tu fe no falte". En la amarga agonía de su remordimiento le dieron esperanza esa oración y el recuerdo de la mirada de amor y piedad de Cristo. Cristo se acordó de Pedro después de su resurrección y le dio al ángel el mensaje para las mujeres: "Id, decid a sus discípulos y a Pedro, que él va antes que vosotros a Galilea: allí le veréis". El arrepentimiento de Pedro fue aceptado por el Salvador que perdona los pecados.

Y la misma compasión que se prodigó para rescatar a Pedro, se extiende a cada alma que ha caído bajo la tentación. La treta especial de Satanás es inducir al hombre a pecar, y luego abandonarlo impotente y temblando, temeroso de buscar el perdón. Pero, ¿por qué hemos de temer, cuando Dios ha dicho: "Echen mano esos enemigos de mi fortaleza, y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!"? Se ha hecho toda la provisión posible para nuestras debilidades; se ofrece todo estímulo a los que van a Cristo.

Cristo ofreció su cuerpo quebrantado para comprar de nuevo la herencia de Dios, a fin de dar al hombre otra oportunidad. "Por lo cual puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos". Cristo intercede por la raza perdida mediante su vida inmaculada, su obediencia y su muerte en la cruz del Calvario. Y ahora, no como un mero suplicante, intercede por nosotros el Capitán de nuestra salvación, sino como un Conquistador que reclama su victoria. Su ofrenda es completa, y como Intercesor nuestro ejecuta la obra que él mismo se señaló, sosteniendo delante de Dios el incensario que contiene sus méritos inmaculados y las oraciones, las confesiones y las ofrendas de agradecimiento de su pueblo. Ellas, perfumadas con la fragancia de la justicia de Cristo, ascienden hasta Dios en olor suave. La ofrenda se hace completamente aceptable, y el perdón cubre toda transgresión.

Cristo se entregó a sí mismo para ser nuestro sustituto y nuestra seguridad, y no descuida a nadie. El no podría ver a los seres humanos expuestos a la ruina eterna sin derramar su alma hasta la muerte en favor de ellos, y considerará con piedad y compasión a toda alma que comprenda que no puede salvarse a sí misma. No mirará a ningún suplicante tembloroso sin levantarlo. El que mediante su propia expiación proveyó para el hombre un caudal infinito de poder moral, no dejará de emplear ese poder en nuestro favor. Podemos llevar nuestros pecados y tristezas a sus pies, pues él nos ama. Cada una de sus miradas y palabras estimulan nuestra confianza. El conformará y modelará nuestro carácter de acuerdo con su propia voluntad.

Todas las fuerzas satánicas no tienen poder para vencer a un alma que con fe sencilla se apoya en Cristo. "El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas".

"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad". El Señor dice: "Conoce empero tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado". "Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiado de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos, os limpiaré". Pero debemos tener un conocimiento de nosotros mismos, un conocimiento que nos lleve a la contrición, antes de que podamos encontrar perdón y paz. El fariseo no sentía ninguna convicción de pecado. El Espíritu Santo no podía obrar en él. Su alma estaba revestida de una armadura de justicia propia que no podía ser atravesada por los aguzados y bien dirigidos dardos de Dios arrojados por manos angélicas. Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador. El vino "para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados". Pero "los que están sanos no necesitan médico". Debemos conocer nuestra verdadera condición, pues de lo contrario no sentiremos nuestra necesidad de la ayuda de Cristo. Debemos comprender nuestro peligro, pues si no lo hacemos, no huiremos al refugio. Debemos sentir el dolor de nuestras heridas, o no desearemos curación.

El Señor dice: "Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo; yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez, y unge tus ojos con colirio, para que veas". El oro afinado en el fuego es la fe que obra por el amor. Sólo esto puede ponernos en armonía con Dios. Podemos ser activos, podemos hacer mucha obra; pero sin amor, un amor tal como el que moraba en el corazón de Cristo, nunca podremos ser contados en la familia del cielo.

Ningún hombre por sí mismo puede comprender sus errores. "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" Quizá los labios expresen una pobreza de alma que no reconoce el corazón. Mientras se habla a Dios de pobreza de espíritu, el corazón quizá está henchido con la presunción de su humildad superior y justicia exaltada. Hay una sola forma en que podemos obtener un verdadero conocimiento del yo. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su vida y su carácter induce a los hombres a exaltarse en su justicia propia. Cuando contemplemos su pureza y excelencia, veremos nuestra propia debilidad, nuestra pobreza y nuestros defectos tales cuales son. Nos veremos perdidos y sin esperanza, vestidos con la ropa de la justicia propia, como cualquier otro pecador. Veremos que si alguna vez nos salvamos, no será por nuestra propia bondad, sino por la gracia infinita de Dios.

La oración del publicano fue oída porque mostraba una dependencia que se esforzaba por asirse del Omnipotente. El yo no era sino vergüenza para el publicano. Así también debe ser para todos los que buscan a Dios. Por fe, la fe que renuncia a toda confianza propia, el necesitado suplicante ha de aferrarse del poder infinito.

Ninguna ceremonia exterior puede reemplazar a la fe sencilla y a la entera renuncia al yo. Pero ningún hombre puede despojarse del yo por sí mismo. Sólo podemos consentir que Cristo haga esta obra. Entonces el lenguaje del alma será: Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, manténlo puro, porque yo no puedo mantenerlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y desemejante a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma.

No sólo al comienzo de la vida cristiana ha de hacerse esta renuncia al yo. Ha de renovársela a cada paso que se dé hacia el cielo. Todas nuestras buenas obras dependen de un poder que está fuera de nosotros. Por lo tanto, debe haber un continuo anhelo del corazón en pos de Dios, y una continua y ferviente confesión de los pecados que quebrante el corazón y humille el alma delante de él. Únicamente podemos caminar con seguridad mediante una constante renuncia al yo y dependencia de Cristo.

Mientras más nos acerquemos a Jesús, y más claramente apreciemos la pureza de su carácter, más claramente discerniremos la excesiva pecaminosidad del pecado, y menos nos sentiremos inclinados a ensalzarnos a nosotros mismos. Aquellos a quienes el cielo reconoce como santos son los últimos en alardear de su bondad. El apóstol Pedro llegó a ser fiel ministro de Cristo, y fue grandemente honrado con la luz y el poder divinos; tuvo una parte activa en la formación de la iglesia de Cristo; pero Pedro nunca olvidó la terrible vicisitud de su humillación; su pecado fue perdonado; y sin embargo, él bien sabía que para la debilidad de carácter que había ocasionado su caída sólo podía valer la gracia de Cristo. No encontraba en sí mismo nada de que gloriarse.

Ninguno de los apóstoles o profetas pretendió jamás estar sin pecado. Los hombres que han vivido más cerca de Dios, que han estado dispuestos a sacrificar la vida misma antes que cometer a sabiendas una acción mala, los hombres a los cuales Dios había honrado con luz y poder divinos, han confesado la pecaminosidad de su propia naturaleza. No han puesto su confianza en la carne, no han pretendido tener ninguna justicia propia, sino que han confiado plenamente en la justicia de Cristo. Así harán todos los que contemplen a Cristo.

En cada paso que demos en la vida cristiana, se ahondará nuestro arrepentimiento. A aquellos a quienes el Señor ha perdonado y a quienes reconoce como su pueblo, él les dice: "Os acordaréis de vuestros malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades". Otra vez él dice: "Confirmaré mi pacto contigo, y sabrás que yo soy Jehová; para que te acuerdes, y te avergüences, y nunca más abras la boca a causa de tu vergüenza, cuando me aplacare para contigo de todo lo que hiciste, dice el Señor Jehová". Entonces nuestros labios no se abrirán en glorificación propia. Sabremos que únicamente Cristo es nuestra suficiencia. Haremos nuestra la confesión del apóstol: "Yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien". "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo."

En armonía con esto se da la orden: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad". Dios no os manda temer que él dejará de cumplir sus promesas, que se cansará su paciencia, o que llegará a faltar su compasión. Temed que vuestra voluntad no sea mantenida sujeta a la de Cristo, que nuestros rasgos de carácter hereditarios y cultivados rijan vuestra vida. "Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad". Temed que el yo se interponga entre vuestra alma y el gran Artífice. Temed que la voluntad propia malogre el elevado propósito que Dios desea alcanzar mediante vosotros. Temed confiar en vuestra propia fuerza, temed retirar vuestra mano de la mano de Cristo, e intentar recorrer el camino de la vida sin su presencia constante.

Debemos evitar todo lo que estimule el orgullo y la suficiencia propia; por lo tanto, debemos estar apercibidos para no dar ni recibir lisonjas o alabanzas. La adulación es obra de Satanás. El se ocupa tanto en adular como en acusar y condenar, y así procura la ruina del alma. Los que alaban a los hombres son usados como agentes por Satanás. Alejen de sí las palabras de alabanza los obreros de Cristo. Sea ocultado el yo. Sólo Cristo debe ser exaltado. Diríjase todo ojo, y ascienda alabanza de todo corazón "al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre".

La vida que abriga el temor de Jehová no será una vida de tristeza y oscuridad. La ausencia de Cristo es la que entristece el semblante y hace de la vida una peregrinación de suspiros. Los que están llenos de estima y amor propios no sienten la necesidad de una unión viviente y personal con Cristo. El corazón que no ha caído sobre la Roca está orgulloso de estar entero. Los hombres desean una religión dignificada. Desean seguir por un camino suficientemente ancho como para llevar por él sus propios atributos. Su amor propio, su amor a la popularidad y a la alabanza excluyen al Salvador de su corazón, y sin él hay oscuridad y tristeza. Pero Cristo al morar en el alma es una fuente de gozo. Para todos los que lo reciben, la nota tónica de la Palabra de Dios es el regocijo.

"Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados".

Fue cuando estuvo oculto en la hendidura de la roca cuando Moisés contempló la gloria de Dios. Cuando nos ocultemos en la Roca hendida, será cuando Cristo nos cubrirá con su mano traspasada, y oiremos lo que el Señor dice a sus siervos. A nosotros, como a Moisés, Dios se revelará como "misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad; que guarda la misericordia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado".

La obra de la redención implica consecuencias de las cuales es difícil que el hombre tenga concepto alguno. "Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman". Cuando el pecador, atraído por el poder de Cristo, se acerca a la cruz levantada y se postra delante de ella, se realiza una nueva creación. Se le da un nuevo corazón; llega a ser una nueva criatura en Cristo Jesús. La santidad encuentra que no hay nada más que requerir. Dios mismo es "el que justifica al que es de la fe de Jesús". Y "a los que justificó, a éstos también glorificó". Si bien es cierto que son grandes la vergüenza y la degradación producidas por el pecado, aún mayores serán el honor y la exaltación mediante el amor redentor. A los seres humanos que se esfuerzan por estar en conformidad con la imagen divina, se les imparte algo del tesoro celestial, una excelencia de poder que los colocará aun por encima de los ángeles que nunca han caído.

"Así ha dicho Jehová, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las gentes... Verán reyes, y levantaránse príncipes, y adorarán por Jehová; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió".

"Porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado".