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Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 14

La fuente del poder vencedor

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CRISTO había estado hablando del período que habría de preceder inmediatamente a su segunda venida, y de los peligros por los cuales deberían pasar sus discípulos. Con referencia especial a ese tiempo relató la parábola "sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar".

"Había un juez en una ciudad -dijo él-, el cual ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Pero él no quiso por algún tiempo; mas después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, todavía, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, porque al fin no venga y me muela. Y dijo el Señor: Oíd lo que dice el juez injusto. ¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos que claman a él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá presto".

El juez presentado aquí no tenía consideración por la justicia ni compasión por los dolientes. La viuda que le presentaba su caso había sido rechazada con persistencia. Repetidas veces había acudido a él, sólo para ser tratada con desprecio, y ser ahuyentada del tribunal. El juez sabía que su causa era justa, y podría haberla socorrido en seguida, pero no quería hacerlo. Quería demostrar su poder arbitrario, y se complacía en dejarla pedir, rogar y suplicar en vano. Pero ella no quería desmayar ni desalentarse. A pesar de la indiferencia y dureza de corazón de él, insistió en su petición hasta que el juez consintió en atender el caso. "Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre -dijo-, todavía, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, porque al fin no venga y me muela". Para salvar su reputación, para evitar que se diese publicidad a su juicio parcial y unilateral, hizo justicia a la mujer perseverante.

"¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá presto". Cristo presenta aquí un agudo contraste entre el juez injusto y Dios. El juez cedió a la petición de la viuda simplemente por egoísmo, a fin de quedar aliviado de su importunidad. No sentía por ella ni piedad ni compasión; su miseria no le importaba nada. ¡Cuán diferente es la actitud de Dios hacia los que lo buscan! Las súplicas de los menesterosos y angustiados son consideradas por él con infinita compasión.

La mujer que suplicó justicia al juez había perdido a su marido por la muerte. Pobre y sin amigos, no tenía medios de salvar su fortuna arruinada. Así, por el pecado, el hombre ha perdido su relación con Dios. Por sí mismo no puede salvarse, pero en Cristo somos acercados al Padre. Los elegidos de Dios son caros a su corazón. Son aquellos a quienes él ha llamado de las tinieblas a su luz admirable, para manifestar su alabanza, a fin de que resplandezcan como luces en medio de las tinieblas del mundo. El juez injusto no tenía interés especial en la viuda que lo importunaba pidiéndole liberación; sin embargo, a fin de deshacerse de sus lastimeras súplicas, la oyó, y la libró de su adversario. Pero Dios ama a sus hijos con amor infinito. Para él el objeto mas caro que hay en la tierra es su iglesia.

"Porque la parte de Jehová es su pueblo; Jacob la cuerda de su heredad. Hallólo en tierra de desierto, y en desierto horrible y yermo; trájolo alrededor, instruyólo, guardólo como la niña de su ojo". "Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos: Después de la gloria me enviaré él a las gentes que os despojaron: porque el que os toca, toca a la niña de su ojo".

La oración de la viuda: "Hazme justicia de mi adversario", representa la oración de los hijos de Dios. Satanás es su gran adversario. Es "el acusador de nuestros hermanos", el cual los acusa delante de Dios día y noche. Está continuamente obrando para representar falsamente y acusar, engañar y destruir al pueblo de Dios. Y en esta parábola Jesús enseña a sus discípulos a orar por la liberación del poder de Satanás y sus agentes.

En la profecía de Zacarías, se pone de manifiesto la obra de acusador que hace Satanás, y la obra de Cristo de resistir al adversario de su pueblo. El profeta dice: "Y mostróme a Josué, el gran sacerdote, el cual estaba delante del ángel de Jehová; y Satán estaba a su mano derecha para serle adversario. Y dijo Jehová a Satán: Jehová te reprenda, oh Satán; Jehová, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda. ¿No es éste tizón arrebatado del incendio? Y Josué estaba vestido de vestimentas viles, y estaba delante del ángel".

El pueblo de Dios está representado aquí por un criminal en el juicio. Josué, como sumo sacerdote, está pidiendo una bendición para su pueblo, que está en gran aflicción. Mientras está intercediendo delante de Dios, Satanás está a su diestra como adversario suyo. Acusa a los hijos de Dios, y hace aparecer su caso tan desesperado como sea posible. Presenta delante del Señor sus malas acciones y defectos. Muestra sus faltas y fracasos, esperando que aparezcan de tal carácter a los ojos de Cristo que él no les preste ayuda en su gran necesidad. Josué, como representante del pueblo de Dios, está bajo la condenación, vestido de ropas inmundas. Consciente de los pecados de su pueblo, se siente abatido por el desaliento. Satanás oprime su alma con una sensación de culpabilidad que lo hace sentirse casi sin esperanza. Sin embargo, ahí está como suplicante, frente a la oposición de Satanás.

La obra de Satanás como acusador empezó en el cielo. Esta ha sido su obra en la tierra desde la caída del hombre, y será su obra en un sentido especial mientras nos acercamos al fin de la historia de este mundo. A medida que ve que su tiempo se acorta, trabaja con mayor ardor para engañar y destruir. Se aíra cuando ve en la tierra un pueblo que, aun con su debilidad y carácter pecaminoso, tiene respeto por la ley de Jehová. Está resuelto a hacer que ese pueblo no obedezca a Dios. Se deleita en su indignidad, y tiene lazos preparados para cada alma a fin de que todos queden entrampados y separados de Dios. Trata de acusar y condenar a Dios y a todos los que luchan por llevar a cabo sus propósitos en este mundo, con misericordia y amor, con compasión y perdón.

Toda manifestación del poder de Dios en favor de su pueblo despierta la enemistad de Satanás. Cada vez que Dios obra en su favor, Satanás y sus ángeles obran con renovado vigor para lograr su ruina. Tiene celos de todos aquellos que hacen de Cristo su fuerza. Su objeto consiste en instigar al mal, y cuando tiene éxito arroja toda la culpa sobre los tentados. Señala sus ropas contaminadas, sus caracteres deficientes. Presenta su debilidad e insensatez, su pecado e ingratitud, su carácter distinto al de Cristo, que ha deshonrado a su Redentor. Todo esto lo presenta como un argumento que prueba su derecho a destruirlos a voluntad. Se esfuerza por espantar sus almas con el pensamiento de que su caso no tiene esperanza, que la mancha de su contaminación no podrá nunca lavarse. Espera destruir así su fe, a fin de que cedan plenamente a sus tentaciones, y abandonen su fidelidad a Dios.

Los hijos del Señor no pueden contestar las acusaciones de Satanás. Al mirarse a sí mismos, están listos a desesperar, pero apelan al divino Abogado. Presentan los méritos del Redentor. Dios puede ser "justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús". Con confianza los hijos del Señor le suplican que acalle las acusaciones de Satanás, y anule sus lazos. "Hazme justicia de mi adversario", ruegan; y con el poderoso argumento de la cruz, Cristo impone silencio al atrevido acusador.

"Y dijo Jehová a Satán: Jehová te reprenda, oh Satán; Jehová, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda. ¿No es éste tizón arrebatado del incendio?" Cuando Satanás trata de cubrir al pueblo de Dios con negrura y arruinarlo, Cristo se interpone. Aunque han pecado, Cristo ha tomado la culpabilidad de su pecado sobre su propia alma. Ha arrebatado a la especie humana como tizón del fuego. Por su naturaleza humana está unido al hombre, mientras que por su naturaleza divina es uno con el Dios infinito. La ayuda está puesta al alcance de las almas que perecen. El adversario queda reprendido.

"Y Josué estaba vestido de vestimentas viles, y estaba delante del ángel. Y habló el ángel, e intimó a los que estaban delante de sí, diciendo: Quitadle esas vestimentas viles. Y a él dijo: Mira que he hecho pasar tu pecado de ti, y te he hecho vestir de ropas de gala. Después dijo: Pongan mitra limpia sobre su cabeza. Y pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y vistiéronle de ropas". Luego, con la autoridad del Señor de los ejércitos, el ángel hizo una promesa solemne a Josué, representante del pueblo de Dios: "Si anduvieras por mis caminos, y si guardares mi ordenanza, también tú gobernarás mí casa, también tú guardarás mis atrios, y entre estos que aquí están te daré plaza", aun entre los ángeles que rodean el trono de Dios.

No obstante los defectos del pueblo de Dios, Cristo no se aparta de los objetos de su cuidado. Tiene poder para cambiar sus vestiduras. Saca sus ropas contaminadas, y pone sobre los que se arrepienten y creen, su propio manto de justicia, y escribe "Perdonado" frente a sus nombres en los registros del cielo. Los confiesa como suyos ante el universo celestial. Su adversario Satanás queda desenmascarado como acusador y engañador. Dios hará justicia a sus elegidos.

La oración: "Hazme justicia de mi adversario", se aplica no solamente a Satanás, sino a los agentes a quienes instiga a presentar falsamente, a tentar y destruir al pueblo de Dios. Los que han decidido obedecer los mandamientos de Dios entenderán por experiencia que tienen adversarios que son dominados por una fuerza infernal. Tales adversarios asediaron a Cristo a cada paso, con una constancia y resolución que ningún ser humano puede conocer jamás. Los discípulos de Cristo, como su Maestro, son perseguidos por la tentación continua.

Las Escrituras describen la condición del mundo precisamente antes de la segunda venida de Cristo. El apóstol Santiago presenta la codicia y la opresión que prevalecerán. Dice: "Ea ya ahora, oh ricos..., os habéis allegado tesoro para en los postreros días. He aquí, el jornal de los obreros que han segado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado de vosotros, clama; y los clamores de los que habían segado, han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis cebado vuestros corazones como en el día de sacrificios. Habéis condenado y muerto al justo; y él no os resiste". Este es un cuadro de lo que existe hoy. Por toda suerte de opresión y extorsión, los hombres están amontonando fortunas colosales, mientras que los clamores de la humanidad que perece de hambre están ascendiendo a Dios.

"Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos: porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir. Y la verdad fue detenida; y el que se apartó del mal, fue puesto en presa". Esto se cumplió en la vida terrenal de Cristo. El era leal a los mandamientos de Dios, poniendo a un lado las tradiciones y requerimientos humanos, que se habían ensalzado en su lugar. Por causa de esto fue aborrecido y perseguido. Esta historia se repite. Las leyes y tradiciones de los hombres son ensalzadas por encima de la ley de Dios, y los que son fieles a los mandamientos de Dios sufren oprobio y persecución. Cristo, por causa de su fidelidad a Dios, fue acusado como violador del sábado y blasfemo. Se declaró que él estaba poseído por un demonio, y se lo denunció como Beelzebub. De igual manera sus seguidores son acusados y calumniados. Así espera Satanás inducirlos a pecar y deshonrar a Dios.

El carácter del juez de la parábola, que no temía ni a Dios ni al hombre, fue presentado por Cristo para demostrar la clase de juicio que se realizaba entonces y que pronto se iba a presenciar en su propio proceso. Deseaba que su pueblo de todos los tiempos comprendiese cuán poca confianza se puede tener en los gobernantes o jueces terrenales en el día de la adversidad. Con frecuencia los elegidos de Dios tienen que estar delante de los hombre que ocupan posiciones oficiales, pero que no hacen de la palabra de Dios su guía y consejero, sino que siguen sus propios impulsos sin disciplina ni consagración.

En la parábola del juez injusto, Cristo demostró lo que debemos hacer. "¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?" Cristo, nuestro ejemplo, no hizo nada para vindicarse o librarse a sí mismo. Así los que le siguen no han de acusar o condenar, ni recurrir a la fuerza para librarse a si mismo.

Cuando sufrimos pruebas que parecen inexplicables, no debemos permitir que nuestra paz sea malograda. Por injustamente que seamos tratados, no permitamos que la pasión se despierte. Condescendiendo con un espíritu de venganza nos dañamos a nosotros mismos. Destruimos nuestra propia confianza en Dios y ofendemos al Espíritu Santo. Hay a nuestro lado un testigo, un mensajero celestial, que levantará por nosotros una barrera contra el enemigo. El nos envolverá con los brillantes rayos del Sol de Justicia. A través de ellos Satanás no puede penetrar. No puede atravesar este escudo de luz divina.

Mientras el mundo progresa en la impiedad, ninguno de nosotros necesita hacerse la ilusión de que no tendrá dificultades. Pero son esas mismas dificultades las que nos llevan a la cámara de audiencias del Altísimo. Podemos pedir consejo a Aquel que es infinito en sabiduría.

El Señor dice: "Invócame en el día de la angustia". El nos invita a presentarle lo que nos tiene perplejos y lo que hemos menester, y nuestra necesidad de la ayuda divina. Nos aconseja ser constantes en la oración. Tan pronto como las dificultades surgen, debemos dirigirle nuestras sinceras y fervientes peticiones. Nuestras oraciones importunas evidencian nuestra vigorosa confianza en Dios. El sentimiento de nuestra necesidad nos induce a orar con fervor, y nuestro Padre celestial es movido por nuestras súplicas.

A menudo, los que sufren el oprobio o la persecución por causa de su fe son tentados a pensar que Dios los ha olvidado. A la vista de los hombres, se hallan entre la minoría. Según todas las apariencias sus enemigos triunfan sobre ellos. Pero no violen ellos su conciencia. Aquel que sufrió por ellos y llevó sus pesares y aflicciones, no los ha olvidado.

Los hijos de Dios no son dejados solos e indefensos. La oración mueve el brazo de la Omnipotencia. Por la oración, los hombres "sojuzgaron reinos, obraron justicia, obtuvieron promesas, cerraron las bocas de los leones, apagaron la violencia del fuego" -y llegamos a saber lo que eso significa cuando oímos acerca de los mártires que murieron por su fe-, "pusieron en fuga a ejércitos de gente extranjera."

Si consagramos nuestra vida al servicio de Dios, nunca podremos ser colocados en una situación para la cual Dios no haya hecho provisión. Cualquiera sea nuestra situación, tenemos un Guía que dirige nuestro camino; cualesquiera sean nuestras perplejidades, tenemos un seguro Consejero; sea cual fuere nuestra pena, desamparo o soledad, tenemos un Amigo que simpatiza con nosotros. Si en nuestra ignorancia, damos pasos equivocados, Cristo no nos abandona. Su voz, clara y distinta, nos dice: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida". "El librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviera quien le socorra".

El Señor declara que será honrado por aquellos que se acerquen a él, que fielmente se ocupen en su servicio. "Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha confiado". El brazo de la Omnipotencia se extiende para conducirnos hacia adelante, siempre adelante. Avanza -dice el Señor-; te enviaré ayuda. Porque pides por causa de la gloria de mi nombre, lo recibirás. Seré honrado ante la vista de los que esperan ver tu fracaso. Ellos verán cómo mi palabra triunfará gloriosamente. "Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis".

Clamen a Dios todos los que son afligidos o tratados injustamente. Apartaos de aquellos cuyo corazón es como el acero, y haced vuestras peticiones a vuestro Hacedor. Nunca es rechazado nadie que acuda a él con corazón contrito. Ninguna oración sincera se pierde. En medio de las antífonas del coro celestial, Dios oye los clamores del más débil de los seres humanos. Derramamos los deseos de nuestro corazón en nuestra cámara secreta, expresamos una oración mientras andamos por el camino, y nuestras palabras llegan al trono del Monarca del universo. Pueden ser inaudibles para todo oído humano, pero no morirán en el silencio, ni serán olvidadas a causa de las actividades y ocupaciones que se efectúan. Nada puede ahogar el deseo del alma. Este se eleva por encima del ruido de la calle, por encima de la confusión de la multitud, y llega a las cortes del cielo. Es a Dios a quien hablamos, y nuestra oración es escuchada.

Vosotros los que os sentís los más indignos, no temáis encomendar vuestro caso a Dios. Cuando se dio a sí mismo en Cristo por los pecados del mundo, tomó a su cargo el caso de cada alma. "El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" ¿No cumplirá él la palabra de gracia dada para nuestro ánimo y fortaleza?

El mayor deseo de Cristo es redimir su herencia del dominio de Satanás. Pero antes de que seamos librados del poder satánico exteriormente, debemos ser librados de su poder interiormente. El Señor permite las pruebas a fin de que seamos limpiados de la mundanalidad, el egoísmo y los rasgos de carácter duros y anticristianos. El permite que las profundas aguas de la aflicción cubran nuestra alma para que lo conozcamos, y a Jesucristo a quien ha enviado, con el objeto de hacer brotar en nuestro corazón anhelos profundos de ser purificados de la contaminación, y que salgamos de la prueba más puros, más santos, más felices. A menudo entramos en el crisol de la prueba con nuestras almas oscurecidas por el egoísmo, pero si somos pacientes bajo la prueba decisiva, saldremos reflejando el carácter divino, Cuando su propósito en la aflicción se cumpla, "exhibirá tu justicia como la luz, y tus derechos como el medio día".

No hay peligro de que el Señor descuide las oraciones de sus hijos. El peligro es que, en la tentación y la prueba, se descorazonen, y dejen de perseverar en oración.

El Salvador manifestó compasión divina hacia la mujer sirofenisa. Su corazón fue conmovido al contemplar su aflicción. Anhelaba darle una seguridad inmediata de que su oración había sido escuchada; pero quería enseñar una lección a sus discípulos, y por un momento pareció desatender el clamor de su corazón torturado. Cuando la fe de la mujer se hubo manifestado, le dirigió palabras de encomio, y la envió con la preciosa bendición que había pedido. Los discípulos nunca olvidaron esta lección, y fue registrada para demostrar el resultado de la oración perseverante.

Fue Cristo mismo quien puso en el corazón de aquella madre la persistencia que no pudo ser rechazada. Fue Cristo el que concedió valor y determinación ante el juez a la viuda suplicante. Fue Cristo quien, siglos antes, en el conflicto misterioso desarrollado junto al Jaboc, había inspirado a Jacob la misma fe perseverante. Y no dejó sin recompensar la confianza que él mismo había implantado.

Aquel que vive en el santuario celestial juzga con justicia. Se complace más en sus hijos que luchan contra la tentación en un mundo de pecado que en las huestes de ángeles que rodean su trono.

Todo el universo celestial manifiesta el más grande intereses en esta motita que es nuestro mundo; pues Cristo ha pagado un precio infinito por las almas de sus habitantes. El Redentor del mundo ha ligado la tierra con el cielo mediante lazos de inteligencia, pues aquí se hallan los redimidos del Señor. Los seres celestiales todavía visitan la tierra como en los días en que andaban y hablaban con Abrahán y con Moisés. En medio de las actividades y el trajín de nuestras grandes ciudades, en medio de las multitudes que atestan la vía pública y los centros de comercio, donde desde la mañana hasta la noche la gente obra como si los negocios, los deportes y los placeres constituyeran todo lo que hay en la vida, en esos lugares en que hay tan pocos que contemplan las realidades invisibles, aun allí el cielo tiene todavía vigilantes y santos. Hay agentes invisibles que observan cada palabra y cada acto de los seres humanos. En toda asamblea reunida con propósitos de comercio o placer, en toda reunión de culto, hay más oyentes de los que pueden verse con los ojos mortales. A veces los seres celestiales descorren el velo que esconde el mundo invisible, a fin de que nuestros pensamientos se vuelvan de la prisa y la tensión de la vida, a considerar que hay testigos invisibles de todo lo que hacemos o decimos.

Necesitamos entender mejor la misión de los ángeles visitadores. Sería bueno considerar que en todo nuestro trabajo tenemos la cooperación y el cuidado de los seres celestiales. Ejércitos invisibles de luz y poder atienden a los humildes y mansos que creen en las promesas de dios y las reclaman. Querubines, serafines y ángeles, poderosos en fortaleza -millares de millares y millones de millones-, se hallan a sus diestra, "todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación".

Estos mensajeros angelicales llevan un fiel registro de las palabras y los hechos de los hijos de los hombres. Cada acto de crueldad o injusticia ejecutado contra los hijos de Dios, todo lo que ellos tienen que sufrir por causa del poder de los obradores de maldad, se registra en los cielos.

"¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá presto".

"No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande remuneración de galardón; porque la paciencia os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará". "Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia temprana y tardía. Tened también vosotros paciencia; confirmad vuestros corazones: porque la venida del Señor se acerca".

La longanimidad de Dios es maravillosa. La justicia espera largo tiempo mientras la misericordia suplica al pecador. Pero "justicia y juicio son el asiento de su trono". "Jehová es tardo para la ira", pero es "grande en poder, y no tendrá al culpado por inocente. Jehová marcha entre tempestad y turbión, y las nubes son el polvo de sus pies".

El mundo ha llegado a ser temerario en la transgresión de la ley de Dios. A causa de la larga clemencia divina, los hombres han pisoteado su autoridad. Se han fortalecido mutuamente en la opresión y la crueldad que ejercen contra su herencia, diciendo: "¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en lo alto?" Pero existe una línea que no pueden traspasar. Se acerca el tiempo en que llegarán al límite prescrito. Aun ahora casi han pasado los límites de la paciencia de Dios, los límites de sus gracia y misericordia. El Señor se interpondrá para defender su propio honor, para librar a sus pueblo, y para reprimir los desmanes de la injusticia.

En los días de Noé, los hombres habían descuidado la ley de Dios hasta que casi todo recuerdo del Creador había desaparecido de la tierra. Su iniquidad alcanzó tal grado que el Señor trajo un diluvio sobre la tierra que arrasó a todos sus impíos habitantes.

En diversas edades el Señor ha hecho conocer la forma en que obra. Cuando ha llegado una crisis, él se ha manifestado, y se ha interpuesto para estorbar la ejecución de los planes de Satanás. En el caso de naciones, familias e individuos, permitió a menudo que las cosas llegaran a una crisis, y entonces su intervención se efectuó en forma notable. En esas ocasiones él ha manifestado que hay un dios en Israel que hará que sus ley permanezca incólume y defenderá a su pueblo.

En este tiempo en que prevalece la iniquidad, podemos saber que la última crisis está por llegar. Cuando el desafío a la ley de dios sea casi universal, cuando su pueblo esté oprimido y afligido por sus semejantes, el Señor se interpondrá.

Se acerca el tiempo en que él dirá: "Anda, pueblo mío, éntrate en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la ira. Porque he aquí que Jehová sale de su lugar para visitar la maldad del morador de la tierra contra él; y la tierra descubrirá sus sangres, y no más encubrirá sus muertos". Puede ser que hombres que pretenden ser cristianos defrauden y opriman ahora al pobre; roben a las viudas y a los huérfanos; se inspiren de ira satánica porque no pueden dominar las conciencias de los hijos de Dios; pero por todo esto Dios los llamará a juicio. "Juicio sin misericordia será hecho con aquel que no hiciere misericordia". No pasará mucho tiempo antes que ellos estén ante el Juez de toda la tierra para rendir cuenta del dolor que han causado a los cuerpos y las almas de los que forman la herencia divina. Pueden ahora permitirse falsas acusaciones, pueden ridiculizar a aquellos que Dios ha señalado para hacer su obra. Pueden enviar a los creyentes en Dios a la cárcel, a los trabajos forzados, al destierro, a la muerte; pero por toda angustia infligida, por toda lágrima vertida, tendrán que dar cuenta. Dios les pagará doblemente por sus pecados. Con respecto a Babilonia, el símbolo de la iglesia apóstata, Dios dice a sus ministros de juicio: "Sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades. Tornadle a dar como ella os ha dado, y pagadle al doble según su obra; en el cáliz que ella os dio a beber, dadle a beber doblado".

De la India, del África, de la China, de las islas del mar, de entre los pisoteados millones que habitan los países llamados cristianos, el clamor del dolor humano asciende a Dios. Ese clamor no subirá por mucho tiempo más sin ser contestado. Dios limpiará la tierra de su corrupción moral, no por un mar de aguas, como en los días de Noé, sino por un mar de fuego que no podrá ser apagado por ninguna invención humana.

"Será tiempo de angustia, cual nunca fue después que hubo gente hasta entonces: mas en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallaren escritos en el libro".

De buhardillas, de chozas, de calabozos, de patíbulos, de montañas y desiertos, de cuevas de la tierra y cavernas del mar, Cristo reunirá a sus hijos a sí. En la tierra, han sido destituidos, afligidos y atormentados. Millones han descendido a la tumba cargados de infamia por haber rehusado rendirse a las engañosas pretensiones de Satanás. Los hijos de Dios han sido ajusticiados por los tribunales humanos como los más viles criminales. Pero está cerca el día cuando Dios será "el juez". Entonces las decisiones de la tierra serán invertidas. "Quitará la afrenta de su pueblo". A cada hijo de Dios se le darán ropas blancas. "Y llamarles han Pueblo Santo, Redimidos de Jehová".

Cualesquiera sean las cruces que hayan sido llamados a llevar, cualesquiera las pérdidas que hayan soportado, cualquiera la persecución que hayan sufrido, aun hasta la pérdida de su vida temporal, los hijos de Dios serán ampliamente recompensados. "Verán su cara; y su nombre estará en sus frentes".