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Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 18

Una generosa invitación

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EL SALVADOR era huésped en la fiesta de un fariseo. El aceptaba las invitaciones tanto de los ricos como de los pobres, y, según su costumbre, vinculaba la escena que tenía delante con lecciones de verdad. Entre los judíos las fiestas sagradas se relacionaban con todas sus épocas de regocijo nacional y religioso. Eran para ellos un tipo de las bendiciones de la vida eterna. La gran fiesta en la cual habían de sentarse junto con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras los gentiles estuviesen fuera mirando con ojos anhelantes, era un tema en el cual les gustaba espaciarse. La lección de amonestación e instrucción que Cristo quería dar, la ilustró en esta ocasión mediante la parábola de la gran cena. Los judíos pensaban reservarse exclusivamente para sí las bendiciones de Dios, tanto las que se referían a la vida presente como las que se relacionaban con la futura. Negaban la misericordia de Dios a los gentiles. Por la parábola, Cristo les demostró que ellos estaban al mismo tiempo rechazando la invitación misericordiosa, el llamamiento al reino de Dios. Les mostró que la invitación que habían desatendido debía ser enviada a aquellos a quienes habían despreciado, aquellos de los cuales habían apartado sus vestiduras, como si se tratara de leprosos que debían ser rehuidos.

Al escoger los huéspedes para su fiesta, el fariseo había consultado sus propios intereses egoístas. Cristo le dijo: "Cuando haces comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; por que también ellos no te vuelvan a convidar, y te sea hecha compensación. Mas cuando haces banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos; y serás bienaventurado; porque no te pueden retribuir; mas te será recompensado en la resurrección de los justos".

Cristo estaba aquí repitiendo la instrucción que había dado a Israel por medio de Moisés. Dios los había instruido con respecto a sus fiestas sagradas: "El extranjero, y el huérfano, y la viuda, que hubiera en tus poblaciones... comerán y serán saciados". Estas reuniones habían de ser como lecciones objetivas para Israel. Después de habérseles enseñado en esta forma el gozo de la hospitalidad verdadera, durante el año habían de cuidar de los necesitados y los pobres. Y estas fiestas tenían una lección más amplia. Las bendiciones espirituales dadas a Israel no eran solamente para los israelitas. Dios les había concedido el pan de vida para que lo repartieran al mundo.

Ellos no habían cumplido esa obra. Las palabras de Cristo eran un reproche para su egoísmo. Estas palabras eran desagradables para los fariseos. Esperando encauzar la conversación por otro curso, uno de ellos, con aire de santurrón, exclamó: "Bienaventurado el que comerá pan en el reino de los cielos". Este hombre hablaba con gran seguridad, como si él mismo tuviera la certeza de poseer un lugar en el reino. Su actitud era similar a la de aquellos que se regocijan porque son salvos por Cristo, cuando no cumplen con las condiciones en virtud de las cuales se promete la salvación. El espíritu que lo animaba se asemejaba al de Balaam cuando oró: "Muera mi persona de la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya". El fariseo no estaba pensando en su propia preparación para el cielo: tan sólo en lo que esperaba gozar allí. Su observación tenía por propósito desviar la mente de los huéspedes del tema de su deber práctico. Pensó hacerlos pasar de la vida actual al tiempo remoto de la resurrección de los justos.

Cristo leyó el corazón del hipócrita y, manteniendo sobre él sus ojos, descubrió ante el grupo el carácter y el valor de sus privilegios actuales. Les mostró que tenían una parte que hacer en ese mismo tiempo para poder participar de la bienaventuranza futura.

"Un hombre -dijo- hizo una grande cena, y convidó a muchos". Cuando llegó el tiempo de la fiesta, el amo envió a sus siervos a casa de los huéspedes a quienes esperaba, con un segundo mensaje: "Venid, que ya está todo aparejado". Pero mostraron una extraña indiferencia. "Y comenzaron todos a una a excusarse. El primero le dijo: He comprado una hacienda, y necesito salir y verla; te ruego que me des por excusado. Y el otro le dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos, ruégote que me des por excusado. Y el otro dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir".

Ninguna de las excusas se fundaba en una necesidad real. El hombre que necesitaba salir y ver la hacienda, ya la había comprado. Su prisa por ir a verla se debía a que su interés estaba concentrado en la compra efectuada. Los bueyes también habían sido comprados. Y probarlos tenía por fin sólo satisfacer el interés del comprador. La tercera excusa no tenía más semejanza de razón. El hecho de que el huésped se hubiera casado no necesitaba impedir su presencia en la fiesta. Su esposa también habría sido bienvenida. Pero tenía sus propios proyectos de placer, y éstos le parecían más deseables que la fiesta a la cual había prometido asistir. Había aprendido a hallar placer en la compañía de otras personas fuera del anfitrión. No pidió que se le diera por excusado, y ni siquiera hizo una tentativa de ser cortés en su rechazamiento. El "No puedo ir" era solamente un velo que cubría el "No quiero ir".

Todas las excusas revelaban una mente preocupada. Estos huéspedes en perspectiva habían legado a estar completamente absortos en otros intereses. La invitación que se habían comprometido a aceptar fue puesta a un lado, y el amigo generoso quedó insultado por la indiferencia de ellos.

Por medio de la gran cena, Cristo presenta los privilegios ofrecidos mediante el Evangelio. La provisión consiste nada menos que en Cristo mismo. El es el pan que desciende del cielo; y de él surgen raudales de salvación. Los mensajeros del Señor habían proclamado a los judíos el advenimiento del Salvador. Habían señalado a Cristo como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". En la fiesta que había aparejado, Dios les ofreció el mayor don que los cielos podían conceder, un don que sobrepujaba todo cómputo. El amor de Dios había provisto el costoso banquete, y había ofrecido recursos inagotables. "Si alguno comiere de este pan -dijo Cristo-, vivirá para siempre".

Pero para aceptar la invitación a la fiesta del Evangelio, debían subordinar sus intereses mundanos al único propósito de recibir a Cristo y su justicia. Dios lo dio todo por el hombre, y le pide que coloque el servicio del Señor por encima de toda consideración terrenal y egoísta. No puede aceptar un corazón dividido. El corazón que se halla absorto en los afectos terrenales no puede rendirse a Dios.

La lección es para todos los tiempos. Hemos de seguir al Cordero de Dios dondequiera que vaya. Ha de escogerse su dirección y avaluarse su compañía por sobre toda compañía de amigos mundanos. Cristo dice: "El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí".

Alrededor de la mesa familiar, mientras partían el pan de todos los días, muchos repetían en los días de Cristo: "Bienaventurado el que comerá pan en el reino de los cielos". Pero Cristo mostró cuán difícil es encontrar huéspedes para la mesa preparada a un costo infinito. Aquellos que lo escuchaban sabían que habían despreciado la invitación de la misericordia. Para ellos las posesiones mundanas, las riquezas, los placeres, eran cosas que absorbían todo su interés. A una se habían excusado todos.

Tal ocurre en nuestros días. Las excusas presentadas para rechazar la invitación a la fiesta abarcan todas las que hoy se dan para rechazar la invitación del Evangelio. Los hombres declaran que no pueden poner en peligro sus perspectivas mundanas atendiendo las exigencias del Evangelio. Consideran sus intereses temporales de más valor que las cosas de la eternidad. Las mismas bendiciones que han recibido de Dios llegan a ser una barrera que separa sus almas de su Creador y Redentor. No quieren ser interrumpidos en sus afanes mundanos, y dicen al mensajero de misericordia: "Ahora vete; mas en teniendo oportunidad te llamaré". Otros presentan las dificultades que podrían levantarse en sus relaciones sociales si obedecieran el llamamiento de Dios. Dicen que no pueden estar en desacuerdo con sus parientes y conocidos. De esta forma llegan a ser los mismos actores descritos en la parábola. El Señor de la fiesta considera que sus débiles excusas demuestran desprecio por su invitación.

El hombre que dijo: "Acabo de casarme, y por lo tanto no puedo ir", representa una clase numerosa de personas. Hay muchos que permiten que sus esposas o esposos les impidan escuchar el llamamiento de Dios. El esposo dice: "No puedo obedecer mis convicciones en cuanto a mi deber mientras mi esposa se oponga a ello. Su influencia haría excesivamente difícil para mí la obediencia". La esposa escucha el llamamiento de gracia: "Venid, que ya está todo aparejado", y dice: " 'Te ruego que me des por excusado'. Mi esposo rechaza la invitación misericordiosa. El dice que sus negocios le impiden aceptarla. Debo acompañar a mi esposo, y por lo tanto no puedo asistir". El corazón de los hijos queda impresionado. Desean ir a la fiesta. Pero aman a su padre y a su madre, y porque éstos no escuchan el llamamiento evangélico, los hijos piensan que no puede esperarse que ellos vayan. Ellos también dicen: "Ruégote que me des por excusado".

Todos éstos rechazan el llamado del Salvador porque temen la división en el círculo de la familia. Suponen que al rehusar obedecer a Dios aseguran la paz y la prosperidad del hogar; pero esto es un engaño. Aquellos que siembran egoísmo segarán egoísmo. Al rechazar el amor de Cristo rechazan lo único que puede impartir pureza y firmeza al amor humano. No solamente perderán el cielo, sino que dejarán de disfrutar verdaderamente de aquello por lo cual sacrificaron el cielo.

En la parábola, el que daba la fiesta notó cómo había sido tratada su invitación, y "enojado... dijo a su siervo: Ve presto por las plazas y por las calles de la ciudad, y mete acá los pobres, los mancos, y cojos, y ciegos".

El hospedero se apartó de aquellos que habían despreciado su generosidad, e invitó a una clase que no era perfecta, que no poseía casas o terrenos. Invitó a los que eran pobres y hambrientos, y que apreciarían las bondades provistas. "Los publicanos y las rameras -dijo Cristo- os van delante al reino de Dios". Por viles que sean los especímenes humanos que los hombres desprecian y apartan de sí, no son demasiado degradados, demasiado miserables para ser objeto de la atención y el amor de Dios. Cristo anhela que los seres humanos trabajados, cansados y oprimidos vengan a él. Ansía darles la luz, el gozo y la paz que no pueden encontrarse en ninguna otra parte. Los mayores pecadores son el objeto de su amor y piedad profundos y fervorosos. El envía su Espíritu Santo para obrar en ellos instándoles con ternura y tratando de guiarlos al Salvador.

El siervo que hizo entrar a los pobres y los ciegos informó a su señor: "Hecho es como mandaste, y aun hay lugar. Y dijo el Señor al siervo: Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa". Aquí Cristo señala la obra del Evangelio fuera del círculo del judaísmo, en los caminos y vallados del mundo.

En obediencia a este mandamiento, Pablo y Bernabé declararon a los judíos: "A vosotros a la verdad era menester que se os hablase la palabra de Dios; mas pues que la desecháis, y os juzgáis indignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, para que seas salud hasta lo postrero de la tierra. Y los gentiles oyendo esto, fueron gozosos, y glorificaban la palabra del Señor: y creyeron todos los que estaban ordenados para la vida eterna".

El mensaje evangélico proclamado por los discípulos de Cristo fue el anuncio de su primer advenimiento al mundo. Llevó a los hombres las buenas nuevas de la salvación por medio de la fe en él. Señalaba hacia su segundo advenimiento en gloria para redimir a su pueblo, y colocaba ante los hombres la esperanza, por medio de la fe y la obediencia, de compartir la herencia de los santos en luz. Este mensaje se da a los hombres hoy en día, y en esta época va unido con el anuncio de que la segunda venida de Cristo es inminente. Las señales que él mismo dio de su aparición se han cumplido, y por la enseñanza de la Palabra de Dios, podemos saber que el Señor está a las puertas.

Juan en el Apocalipsis predice la proclamación del mensaje evangélico precisamente antes de la segunda venida de Cristo. El contempla a un "ángel volar por en medio del cielo, que tenía el Evangelio eterno para predicarlo a todos los que moran en la tierra, y a toda nación y tribu y lengua y pueblo, diciendo en alta voz: Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida".

En la profecía, esta amonestación referente al juicio, con los mensajes que con ella se relacionan, es seguida por la venida del Hijo del hombre en las nubes de los cielos. La proclamación del juicio es el anuncio de que la segunda aparición del Salvador está por acaecer. Y a esta proclamación se denomina el Evangelio eterno. Así se ve que la predicación de la segunda venida de Cristo, el anuncio de su cercanía, es una parte esencial del mensaje evangélico.

La Biblia declara que en los últimos días los hombres se hallarían absortos en las ocupaciones mundanas, en los placeres y en la adquisición de dinero. Serían ciegos a las realidades eternas. Cristo dice: "Como los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no conocieron hasta que vino el diluvio y llevó a todos, así será también la venida del Hijo del hombre".

Tal ocurre en nuestros días. Los hombres se afanan en obtener ganancias y en la complacencia egoísta, como si no hubiera Dios, ni cielo, ni más allá. En los días de Noé la amonestación referente al diluvio fue enviada para despertar a los hombres en medio de su impiedad y llamarlos al arrepentimiento. Así el mensaje de la segunda venida de Cristo tiene por objeto arrancar a los hombres de su interés absorbente en las cosas mundanas. Está destinado a despertarlos al sentido de las realidades eternas, a fin de que den oídos a la invitación que se les hace para ir a la mesa del Señor.

La invitación del Evangelio ha de ser dada a todo el mundo, "a toda nación y tribu y lengua y pueblo". El último mensaje de amonestación y misericordia ha de iluminar el mundo entero con su gloria. Ha de llegar a toda clase de personas, ricas y pobres, encumbradas y humildes. "Ve por los caminos y por los vallados -dice Cristo-, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa".

El mundo está pereciendo por falta del Evangelio. Hay hambre de la Palabra de Dios. Hay pocos que predican esa Palabra sin mezclarla con la tradición humana. Aunque los hombres tienen la Biblia en sus manos, no reciben las bendiciones que Dios ha colocado en ella para los que la estudian. El Señor invita a sus siervos a llevar su mensaje a la gente. La Palabra de vida eterna debe ser dada a aquellos que están pereciendo en sus pecados.

En el mandato de ir por los caminos y por los vallados, Cristo especifica la obra de todos aquellos a quienes él llama para que ministren en su nombre. El mundo entero constituye el campo de los ministros de Cristo. Su congregación comprende toda la familia humana. El Señor desea que su palabra de gracia penetre en toda alma.

En gran medida esto debe realizarse mediante un trabajo personal. Este fue el método de Cristo. Su obra se realizaba mayormente por medio de entrevistas personales. Dispensaba una fiel consideración al auditorio de tina sola alma. Por medio de esa sola alma a menudo el mensaje se extendía a millares.

No hemos de esperar que las almas vengan a nosotros; debemos buscarlas donde estén. Cuando la palabra ha sido predicada en el púlpito, la obra sólo ha comenzado. Hay multitudes que nunca recibirán el Evangelio a menos que éste les sea llevado.

La invitación a la fiesta fue primeramente dada a la nación judía, el pueblo que había sido llamado para que sus miembros actuaran como maestros y directores entre los hombres, el pueblo en cuyas manos se hallaban los rollos proféticos que anunciaban el advenimiento de Cristo, y al cual había sido encomendado el servicio simbólico que representaba su misión. Si los sacerdotes y el pueblo hubieran escuchado el llamamiento, se habrían unido con los mensajeros de Cristo para dar la invitación evangélica al mundo. Se les envió la verdad a fin de que la impartieran. Cuando rechazaron el llamamiento, éste fue enviado a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. Los publicanos y los pecadores recibieron la invitación. En la proclamación del Evangelio a los gentiles, existe el mismo plan de trabajo. El mensaje se da primero en "los caminos" [caminos reales], a los hombres que tienen una parte activa en la obra del mundo, a los maestros y dirigentes del pueblo.

Recuerden esto los mensajeros del Señor. Los pastores del rebaño, los maestros colocados por Dios, deben tener muy en cuenta esta amonestación. Aquellos que pertenecen a las altas esferas de la sociedad han de ser buscados con tierno afecto y consideración fraternal. Los hombres de negocios, los que se hallan en elevados puestos de confianza, los que poseen grandes facultades inventivas y discernimiento científico, los hombres de genio, los maestros del Evangelio cuya atención no ha sido llamada a las verdades especiales para este tiempo: éstos deben ser los primeros en escuchar el llamamiento. A ellos se les debe dar la invitación.

Hay una obra que hacer en favor de los ricos. Ellos necesitan ser despertados a su responsabilidad como personas a quienes se han encomendado los dones del cielo. Necesitan que se les recuerde que han de dar cuenta ante Aquel que juzgará a los vivos y los muertos. El hombre rico ha menester que se trabaje por él con el amor y el temor de Dios. Demasiado a menudo confía en sus riquezas y no siente su peligro. Los ojos de su mente necesitan ser atraídos a las cosas de valor perdurable. Debe reconocer la Autoridad llena de verdadera bondad, que dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados. que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga".

Rara vez se dirige alguien personalmente a los que son encumbrados en el mundo en virtud de su educación, su riqueza o vocación, para hablarles respecto a los intereses del alma. Muchos obreros cristianos vacilan en aproximarse a estas clases. Pero esto no debe ocurrir. Si un hombre se estuviera ahogando, no permaneceríamos sentados mirándolo perecer porque fuera un abogado, un comerciante o un juez. Si viésemos a algunas personas a punto de lanzarse a un precipicio, no vacilaríamos en instarlas a volver atrás, cualquiera fuera su posición u ocupación. Tampoco debemos vacilar en amonestar a los hombres con respecto al peligro del alma.

Nadie debe ser descuidado a causa de su aparente devoción a las cosas mundanas. Muchos de los que ocupan altos puestos sociales tienen el corazón apenado y enfermo de vanidad. Anhelan una paz que no tienen. En las esferas más elevadas de la sociedad hay quienes tienen hambre y sed de salvación. Muchos recibirían ayuda si los obreros del Señor se acercaran a ellos personalmente, con maneras amables y corazón enternecido por el amor de Cristo.

El éxito en la proclamación del mensaje evangélico no depende de sabios discursos, testimonios elocuentes o profundos argumentos. Depende de la sencillez del mensaje y de su adaptación a las almas que tienen hambre del pan de vida. "¿Qué haré para ser salvo?" Este es el anhelo del alma.

Millares de personas pueden ser alcanzadas en la forma más sencilla y humilde. Los más intelectuales, aquellos que son considerados como los hombres y las mujeres mejor dotados del mundo, son frecuentemente refrigerados por las palabras sencillas de alguien que ama a Dios, y que puede hablar de ese amor tan naturalmente como los mundanos hablan de las cosas que más profundamente les interesan.

A menudo las palabras bien preparadas y estudiadas no tienen sino poca influencia. Pero las palabras llenas de verdad y sinceridad con que se expresa un hijo o una hija de Dios, habladas con sencillez natural, tienen poder para desatrancar la puerta de los corazones que por largo tiempo ha estado cerrada contra Cristo y su amor.

Recuerde el obrero de Cristo que no ha de trabajar con su propia fuerza. Eche mano del trono de Dios con fe en su poder para salvar. Luche con Dios en oración y trabaje entonces con todas las facilidades que Dios le ha dado. Se le provee el Espíritu Santo como su eficiencia. Los ángeles ministradores estarán a su lado para impresionar los corazones.

Si los dirigentes y maestros de Jerusalén hubieran recibido la verdad que Cristo les trajo, ¡qué centro misionero hubiera sido su ciudad! El apóstata Israel se hubiera convertido. Se habría reunido un gran ejército para el Señor. Y cuán rápidamente hubieran llevado ellos el Evangelio a todas partes del mundo. Así también ahora, si los hombres de influencia y gran capacidad para ser útiles fuesen ganados para Cristo, qué obra podría hacerse entonces por su medio para elevar a los caídos, recoger a los perdidos y extender remota y ampliamente las nuevas de la salvación. Podría darse rápidamente la invitación, y reunirse los huéspedes a la mesa del Señor.

Pero no hemos de pensar solamente en los grandes y talentosos, para descuidar a las clases pobres. Cristo ordenó a sus mensajeros que fueran también a los que estaban en los caminos y vallados, a los pobres y humildes de la tierra. En las plazoletas y callejuelas de las grandes ciudades, en los solitarios caminos de la campaña, hay familias e individuos -quizá extranjeros en tierra extraña-, que no pertenecen a ninguna iglesia, y que, en su soledad, llegan a sentir que Dios se ha olvidado de ellos. No saben lo que deben hacer para salvarse. Muchos están sumidos en el pecado. Muchos están angustiados. Están oprimidos por el sufrimiento, la necesidad, la incredulidad y el desaliento. Se hallan afligidos por enfermedades de toda clase, tanto del cuerpo como del alma. Anhelan hallar solaz para sus penas, y Satanás los tienta a buscarlo en las concupiscencias y placeres que conducen a la ruina y la muerte. Les ofrece las manzanas de Sodoma, que se tornarán ceniza en sus labios. Están gastando su dinero en lo que no es pan, y su trabajo en lo que no satisface.

En estos dolientes hemos de ver a aquellos a quienes Cristo vino a salvar. Su invitación a ellos es: "A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad, y comed. Venid, comprad, sin dinero y sin precio, vino y leche... Oídme atentamente y comed del bien, y deleitaráse vuestra alma con grosura. Inclinad vuestros oídos, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma".

Dios nos ha dado la orden especial de considerar al extranjero, al perdido, y a las pobres almas débiles en poder moral. Muchos que parecen enteramente indiferentes a las cosas religiosas anhelan de corazón descanso y paz, Aunque hayan caído en las mismas profundidades del pecado, hay posibilidades de salvarlos.

Los siervos de Cristo han de seguir su ejemplo. Cuando él iba de lugar en lugar, confortaba a los dolientes y sanaba a los enfermos. Luego les exponía las grandes verdades referentes a su reino. Esta es la obra de sus seguidores. Mientras aliviéis los sufrimientos del cuerpo, hallaréis maneras de ministrar a las necesidades del alma. Podéis señalar al Salvador levantado en alto, y hablarles del amor del gran Médico, que es el único que tiene poder para restaurar.

Decid a los pobres desalentados que se han descarriado, que no necesitan desesperar. Aunque han errado, y no han edificado un carácter recto, Dios puede devolverles el gozo, aun el gozo de su salvación. Se deleita en tomar material aparentemente sin esperanza, aquellos por quienes Satanás ha obrado, y hacerlos objeto de su gracia. Se goza en librarlos de la ira que está por caer sobre los desobedientes. Decidles que hay sanidad, limpieza para cada alma. Hay lugar para ellos en la mesa del Señor. El está esperando extenderles la bienvenida.

Los que vayan por los caminos y vallados encontrarán a otros de carácter muy distinto, que necesitan su ayuda. Hay quienes están viviendo a la altura de todo el conocimiento que tienen, y sirviendo a Dios lo mejor que saben. Pero comprenden que debe hacerse una gran obra en favor de ellos mismos y de los que los rodean. Anhelan mayor conocimiento de Dios, pero han comenzado a ver sólo la vislumbre de mayor luz. Están orando con lágrimas que Dios les envíe la bendición que por la fe disciernen a gran distancia. En medio de la maldad de las grandes ciudades puede hallarse a muchas de estas almas. Muchas de ellas están en circunstancias muy humildes, y por esto el mundo no las conoce. Hay muchos de quienes los ministros e iglesias nada saben. Pero en lugares humildes y miserables ellos son testigos del Señor. Pueden haber tenido poca luz, y pocas oportunidades para el desarrollo cristiano; pero en medio de la desnudez, el hambre y el frío están tratando de ayudar a otros. Busquen los mayordomos de la múltiple gracia de Dios a estas almas, visítenlas en sus hogares, y por el poder del Espíritu Santo atiendan sus necesidades. Estudien la Biblia con ellas y oren con ellas, con la sencillez que el Espíritu Santo les inspire. Cristo dará a sus siervos un mensaje que será como pan del cielo para el alma. Las preciosas bendiciones serán llevadas de corazón a corazón, de familia a familia.

La orden dada en la parábola: "Fuérzalos a entrar", ha sido a menudo mal interpretada. Se ha considerado que enseña que debemos forzar a los hombres a aceptar el Evangelio. Pero denota más bien la urgencia de la invitación, la eficacia de los alicientes presentados. El Evangelio nunca emplea la fuerza para llevar los hombres a Cristo. Su mensaje es: "A todos los sedientos: Venid a las aguas". "Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven... Y el que quiere, tome del agua de la vida de balde". El poder del amor y la gracia de Dios nos constriñen a venir.

El Salvador dice: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo". El no es ahuyentado por el desprecio o desviado por la amenaza, antes busca continuamente a los perdidos diciendo: "¿Cómo tengo de dejarte?" Aunque su amor sea rechazado por el corazón obstinado, vuelve a suplicar con mayor fuerza: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo". El poder conquistador de su amor compele a las almas a acceder. Y ellas dicen a Cristo: "Tu benignidad me ha acrecentado".

Cristo impartirá a sus mensajeros el mismo anhelante amor que tiene él para buscar a los perdidos. No hemos de decir meramente: "Ven". Hay quienes oyen el llamado, pero tienen oídos demasiado embotados para comprender su significado. Sus ojos están demasiado cegados para ver cualquier cosa buena provista para ellos. Muchos comprenden su gran degradación. Dicen: no soy digno de ser ayudado, dejadme solo. Pero los obreros no deben desistir. Sostened con ternura y piadoso amor a los desalentados e impotentes. Infundidles vuestro valor, vuestra esperanza, vuestra fuerza. Compeledlos por la bondad a venir. "A los unos en piedad, discerniendo: mas haced salvos a los otros por temor, arrebatándolos del fuego".

Si los siervos de Dios quieren caminar con él por la fe, él impartirá poder al mensaje que den. Serán así capacitados para presentar su amor y el peligro de rechazar la gracia de Dios, para que los hombres sean constreñidos a aceptar el Evangelio. Cristo realizará maravillosos milagros si tan sólo los hombres quisieran hacer la parte que Dios les ha encomendado. En los corazones humanos puede obrarse hoy una transformación tan grande como la que se operó en las generaciones pasadas. Juan Bunyan fue redimido de la profanidad y las borracheras; Juan Newton de la trata de esclavos, para que proclamaran a un Salvador elevado en alto. Un Bunyan y un Newton pueden redimirse de entre los hombres hoy día. Mediante los agentes humanos que cooperen con los divinos serán reivindicados muchos pobres perdidos, quienes a su vez tratarán de restaurar la imagen de Dios en el hombre. Hay quienes han tenido muy escasas oportunidades, y han transitado por los caminos del error porque no conocían ningún camino mejor, a los cuales les llegarán los rayos de la luz. Como vinieron a Zaqueo las palabras de Cristo: "Hoy es necesario que pose en tu casa", así vendrá a ellos la palabra; y se descubrirá que aquellos a quienes se suponía pecadores endurecidos tienen un corazón tan tierno como el de un niño porque Cristo se ha dignado tenerlos en cuenta. Muchos se volverán de los más groseros errores y pecados, y tomarán el lugar de otros que han tenido oportunidades y privilegios pero que no los han apreciado. Serán considerados los elegidos de Dios, escogidos y preciosos; y cuando Cristo venga en su reino, estarán junto a su trono.

Pero "mirad que no desechéis al que habla". Jesús dijo: "Ninguno de aquellos hombres que fueron llamados, gustará mi cena". Habían rechazado la invitación, y ninguno de ellos fue invitado de nuevo. Al rechazar a Cristo, los judíos estaban endureciendo sus corazones, y entregándose al poder de Satanás, hasta que les era imposible aceptar su gracia. Así es ahora. Si no se aprecia el amor de Dios, ni llega a ser un principio perdurable que ablande y subyugue el alma, estaremos completamente perdidos. El Señor no puede manifestar más amor que el que ha manifestado. Si el amor de Jesús no subyuga el corazón, no hay medios por los cuales podamos ser alcanzados.

Cada vez que rehusáis escuchar el mensaje de misericordia, os fortalecéis en la incredulidad. Cada vez que dejáis de abrir la puerta de vuestro corazón a Cristo, llegáis a estar menos y menos dispuestos a escuchar su voz que os habla. Disminuís vuestra oportunidad de responder al último llamamiento de la misericordia. No se escriba de vosotros como del antiguo Israel: "Efraim es dado a los ídolos; déjalo". No llore Cristo por vosotros como lloró por Jerusalén, diciendo: "¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina sus pollos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, os es dejada vuestra casa desierta".

Estamos viviendo en un tiempo cuando el último mensaje de misericordia, la última invitación, está sonando para los hijos de los hombres. La orden: "Ve por los caminos y por los vallados", está alcanzando su cumplimiento final. La invitación de Cristo será dada a cada alma. Los mensajeros están diciendo: "Venid, que ya está todo aparejado". Los ángeles del cielo están cooperando aún con los agentes humanos. El Espíritu Santo está presentando todo incentivo posible para constreñiros a venir. Cristo está velando para ver alguna señal que presagie que serán quitados los cerrojos y que la puerta de vuestro corazón será abierta para que entre. Los ángeles están aguardando para llevar al cielo las nuevas de que otro perdido pecador ha sido hallado. Las huestes del cielo están aguardando, listas para tocar sus arpas, y entonar un canto de regocijo porque otra alma ha aceptado la invitación al banquete evangélico.