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Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 22

Hechos, no palabras

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"UN HOMBRE tenía dos hijos, y llegando al primero le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Y respondiendo él, dijo: No quiero; mas después, arrepentido, fue. Y llegando al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Yo, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dicen ellos: El primero".

En el Sermón del Monte, Cristo dijo: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos". La prueba de la sinceridad no reside en las palabras, sino en los hechos. Cristo no pregunta a ningún hombre: ¿Qué dices más que otros? sino: ¿Qué haces? Llenas de significado son sus palabras: "Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis, si las hiciereis". Las palabras no son de ningún valor a menos que vayan acompañadas por los hechos correspondientes. Esta es la lección enseñada en la parábola de los dos hijos.

Esta parábola fue pronunciada en ocasión de la última visita de Cristo a Jerusalén antes de su muerte. El había echado del templo a los que compraban y vendían. Su voz había hablado al corazón de ellos con el poder de Dios. Asombrados y aterrorizados, habían obedecido su mandato sin excusa o resistencia.

Cuando desapareció su terror, los sacerdotes y ancianos, al volver al templo, habían encontrado a Cristo sanando a los enfermos y los moribundos. Habían oído la voz del regocijo y el cántico de alabanza. En el templo mismo, los niños que habían sido sanados, hacían ondear ramas de palmas y cantaban hosannas al Hijo de David. Voces infantiles balbuceaban las alabanzas del poderoso Sanador. Sin embargo, para los sacerdotes y ancianos todo esto no fue suficiente para vencer su prejuicio y su celo.

Al día siguiente, cuando Cristo estaba enseñando en el templo, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo vinieron a él y le dijeron: "¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?"

Los sacerdotes y ancianos habían tenido una evidencia inequívoca del poder de Cristo. Al limpiar Jesús el templo, habían visto la autoridad del cielo que irradiaba de su rostro. No pudieron resistir el poder con el cual hablaba. Otra vez, con sus maravillosas curaciones había contestado su pregunta. Había dado una evidencia de su autoridad que no podía ser controvertida. Pero no era evidencia lo que se necesitaba. Los sacerdotes y ancianos estaban ansiosos de que Jesús se proclamara el Mesías, para que ellos pudieran hacer una mala aplicación de sus palabras e incitar al pueblo contra él. Querían destruir su influencia y darle muerte.

Jesús sabía que si ellos no podían reconocer a Dios en él, o ver en sus obras la evidencia de su carácter divino, no habían de creer su propio testimonio de que él era el Cristo. En su respuesta, él evade la cuestión que querían suscitar. Y vuelve la condenación sobre ellos.

"Yo también os preguntaré una palabra -dijo él-, la cual si me dijereis, también yo os diré con qué autoridad hago esto. ¿El bautismo de Juan, de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?"

Los sacerdotes y gobernantes estaban perplejos. "Pensaron entre sí, diciendo: Si dijéramos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué pues no le creísteis? Y si dijéramos de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta. Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también les dijo: Ni yo os digo con qué autoridad hago esto".

"No sabemos". Esta respuesta era falsa. Pero los sacerdotes vieron la posición en que estaban, y adoptaron una actitud falsa para evadirse. Juan el Bautista había venido dando testimonio de Aquel cuya autoridad ellos estaban ahora poniendo en duda. Lo había señalado, diciendo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Lo había bautizado, y después del bautismo, mientras Cristo oraba, se abrieron los cielos, y el Espíritu de Dios, en forma de paloma, descansó sobre él mientras se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento".

Recordando cómo Juan había repetido las profecías concernientes al Mesías, recordando la escena del bautismo de Jesús, los sacerdotes y gobernantes no se atrevieron a decir que el bautismo de Juan procedía del cielo. Si ellos hubiesen reconocido que Juan era profeta, como creían que lo era, ¿cómo hubieran podido negar su testimonio de que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios? Y no podían decir que el bautismo de Juan era de los hombres, debido al pueblo que creía que Juan era profeta. Por lo tanto, dijeron: "No sabemos".

Entonces Cristo presentó la parábola del padre y los dos hijos. Cuando el padre fue al primer hijo diciéndole: "Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña", el hijo le respondió prontamente: "No quiero". Rehusó obedecer, y se entregó a malos caminos y malas compañías. Pero después se arrepintió y obedeció la orden.

El padre fiel al segundo hijo con la misma orden: "Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña". La respuesta de este hijo fue: "Yo, señor, voy", pero no fue.

En esta parábola el padre representa a Dios, la viña a la iglesia. Los dos hijos representan dos clases de personas. EL hijo que rehusó obedecer la orden diciendo: "No quiero", representaba a los que estaban viviendo en abierta transgresión, que no hacían profesión de piedad, que abiertamente rehusaban ponerse bajo el yugo de la restricción y la obediencia que impone la ley de Dios. Pero muchos de ellos después se arrepintieron y obedecieron al llamamiento de Dios. Cuando llegó a ellos el Evangelio en el mensaje de Juan el Bautista: "Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado" se arrepintieron, y confesaron sus pecados.

El carácter de los fariseos quedó revelado en el hijo que replicó: "Yo, señor, voy", y no fue. Como este hijo, los dirigentes judíos eran impenitentes y tenían suficiencia propia. La vida religiosa de la nación judía se había convertido en una simulación. Cuando la voz de Dios proclamó la ley desde el Sinaí, todo el pueblo prometió obedecer. Dijeron: "Yo, Señor, voy", pero no fueron. Cuando Cristo vino en persona para presentar delante de ellos los principios de la ley, lo rechazaron. Cristo había dado a los dirigentes judíos de su tiempo evidencia abundante de su autoridad y poder divinos, pero aunque estaban convencidos, no aceptaron la evidencia. Cristo les había mostrado que continuaban sin creer porque no tenían el espíritu que induce a la obediencia. Les había declarado: "Habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición... En vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres".

En el grupo que estaba delante de Jesús había escribas y fariseos, sacerdotes y gobernantes, y después de presentar la parábola de los dos hijos, Cristo dirigió a sus oyentes la pregunta: "¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?" Olvidándose de sí mismos, los fariseos contestaron: "El primero". Esto lo dijeron sin comprender que estaban pronunciando sentencia contra ellos mismos. Entonces salió de los labios de Cristo la denuncia: "De cierto os digo, que los publicanos y las rameras os van delante al reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; y los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle".

Juan el Bautista vino predicando la verdad, y mediante su predicación los pecadores quedaban convictos y convertidos. Estos habían de entrar en el reino de los cielos antes que aquellos que en su justicia propia resistían la solemne amonestación. Los publicanos y rameras eran ignorantes, pero estos hombres instruidos conocían el camino de la verdad. Sin embargo, rehusaban caminar en la senda que va al Paraíso de Dios. La verdad que debiera haber sido para ellos un sabor de vida para vida, se convirtió en un sabor de muerte para muerte. Los pecadores manifiestos que se menospreciaban a sí mismos, habían recibido el bautismo de las manos de Juan; pero estos maestros eran hipócritas. Su corazón obstinado era el obstáculo para que recibieran la verdad. Resistían la convicción del Espíritu de Dios. Rehusaban obedecer los mandamientos de Dios.

Cristo no les dijo: No podéis entrar en el reino de los cielos; sino que les mostró que el obstáculo que les impedía entrar era creado por ellos mismos. La puerta estaba todavía abierta para esos dirigentes judíos. Se les extendía todavía la invitación. Cristo anhelaba verlos convictos y convertidos.

Los sacerdotes y ancianos de Israel pasaban su vida en ceremonias religiosas, a las cuales consideraban demasiado sagradas para asociarías con los negocios seculares. Por consiguiente se esperaba que sus vidas fueran enteramente religiosas. Pero realizaban sus ceremonias para ser vistos de los hombres, para que el mundo los considerara piadosos y devotos. Mientras pretendían obedecer, rehusaban prestar obediencia a Dios. No eran hacedores de la verdad que profesaban enseñar.

Cristo declaró que Juan el Bautista era uno de los mayores profetas, y mostró a sus oyentes que habían tenido suficiente evidencia de que Juan era un mensajero de Dios. Las palabras del predicador del desierto poseían poder. El presentó su mensaje resueltamente, reprendiendo los pecados de los sacerdotes y gobernantes, instándoles a hacer las obras del reino de los cielos. Les señaló su pecaminosa falta de consideración hacia la autoridad de su Padre, al rehusar hacer la obra que les había sido asignada. No transigió con el pecado, y muchos abandonaron su impiedad.

Si lo que profesaban creer los dirigentes judíos hubiera sido genuino, habrían recibido el testimonio de Juan y aceptado a Jesús como el Mesías. Pero ellos no mostraron los frutos del arrepentimiento y la justicia. Los mismos a quienes despreciaban iban antes que ellos al reino de Dios.

En la parábola, el hijo que afirmó: "Yo, señor, voy", se presentó a sí mismo como fiel y obediente; pero el tiempo comprobó que su profesión no era sincera. El no tenía verdadero amor por su padre. Así los fariseos se jactaban de su santidad, pero cuando fueron probados, se los halló faltos. Cuando les interesaba hacerlo, presentaban los requerimientos de la ley como muy exigentes; pero cuando a ellos mismos se les exigía la obediencia, mediante arteras sofisterías despojaban de su fuerza los preceptos de Dios. Respecto a ellos Cristo declaró: "No hagáis conforme a sus obras: porque dicen, y no hacen". Ellos no tenían verdadero amor por Dios o el hombre. Dios los llamó a ser colaboradores suyos en la obra de bendecir al mundo; pero aunque profesaban aceptar el llamamiento, en la práctica rehusaban obedecerlo. Confiaban en sí mismos, y se jactaban de su piedad; pero desafiaban los mandatos de Dios. Rehusaban hacer la obra que Dios les había señalado, y debido a sus transgresiones el Señor estaba por divorciarse de la nación desobediente.

La justicia propia no es verdadera justicia, y los que se adhieran a ella tendrán que sufrir las consecuencias de haberse atenido a un fatal engaño. Muchos pretenden hoy día obedecer los mandamientos de Dios, pero no tienen en sus corazones el amor de Dios que fluye hacia otros. Cristo los llama a unirse con él en su obra por la salvación del mundo, pero ellos se contentan diciendo: "Yo, señor, voy". Pero no van. No cooperan con los que están realizando el servicio de Dios. Son perezosos. Como el hijo infiel, hacen a Dios promesas falsas. Al encargarse del solemne pacto de la iglesia se han comprometido a recibir y obedecer la Palabra de Dios, a entregarse al servicio de Dios; pero no lo hacen. Profesan ser hijos de Dios, pero en su vida y carácter niegan su relación con él. No se rinden a la voluntad de Dios. Están viviendo una mentira.

Aparentan cumplir la promesa de obedecer cuando ello no implica sacrificio; pero cuando se requieren sacrificio y abnegación, cuando ven que han de alzar la cruz se echan atrás. Así la convicción del deber se esfuma, y la transgresión de los mandamientos de Dios llega a ser un hábito. El oído puede oír la voz de Dios, pero las facultades espirituales perceptivas han desaparecido. El corazón está endurecido, la conciencia cauterizada.

No penséis que porque no manifestéis una decidida hostilidad hacia Cristo le estáis sirviendo. De esa manera engañamos nuestras almas. Al retener lo que Dios nos ha dado para usarlo en su servicio, ya sea tiempo o medios, o cualquiera otro de los dones que nos confirió, trabajamos contra él.

Satanás usa la descuidada y soñolienta indiferencia de los profesos cristianos para robustecer sus fuerzas y ganar almas para su bando. Muchos de los que piensan estar del lado de Cristo aunque no hacen una obra real por él, están sin embargo, habilitando al enemigo para ganar terreno y obtener ventajas. Al dejar de ser obreros diligentes para el Maestro, al dejar de cumplir sus deberes y no pronunciar las palabras que deben, han permitido que Satanás domine las almas que podrían haber sido ganadas para Cristo.

Nunca podremos, ser salvados en la indolencia y la inactividad. Una persona verdaderamente convertida no puede vivir una vida inútil y estéril. No es posible que vayamos al garete y lleguemos al cielo. Ningún holgazán puede entrar allí. Si no nos esforzamos para obtener la entrada en el reino, si procuramos fervientemente aprender lo que constituyen las leyes de ese reino, no estamos preparados para tener una parte en él. Los que rehúsan cooperar con Dios en la tierra, no cooperarían con él en el cielo. No sería seguro llevarlos al cielo.

Hay más esperanza para los publicanos y pecadores, que para los que conocen la Palabra de Dios pero rehúsan obedecerla. El que se ve a sí mismo como pecador, sin ningún manto que cubra su pecado, que sabe que está corrompiendo su alma, su cuerpo y su espíritu ante Dios, se alarma para no quedar eternamente separado del reino de los cielos. Comprende su condición enfermiza, y busca salud del gran Médico que dijo: "Al que a mí viene, no le echo fuera". A esas almas las puede usar el Señor como obreros en su viña.

El hijo que durante un tiempo rehusó obedecer la orden de su padre no fue condenado por Cristo, ni tampoco alabado. Las personas representadas por el primer hijo, que rehusó obedecer, no merecen alabanza por tal actitud. Su franqueza no debe ser considerada como una virtud. Santificada por la verdad y la santidad, ella los haría intrépidos testigos de Cristo; pero usada como lo es por el pecador, es insultante y desafiante, y se aproxima a la blasfemia. El hecho de que un hombre no sea hipócrita, no amengua en absoluto su condición de pecador. Cuando las exhortaciones del Espíritu Santo llegan al corazón, nuestra única seguridad reside en responder a ellas sin demora. Cuando llega el llamamiento: "Ve hoy a trabajar en mi viña", no rechacéis la invitación. "Si oyerais su voz hoy, no endurezcáis vuestros corazones". Es peligroso demorar la obediencia. Quizá no oigamos otra vez la invitación. 224

Y nadie se lisonjee pensando que los pecados acariciados por un tiempo pueden ser fácilmente abandonados en alguna ocasión futura. Esto no es así. Cada pecado acariciado debilita el carácter y fortalece el hábito; y el resultado es una depravación física, mental y moral. Podéis arrepentiros del mal que habéis hecho, y encaminar vuestros pies por senderos rectos; pero el amoldamiento de vuestra mente y vuestra familiaridad con el mal, os harán difícil distinguir entre lo correcto y lo erróneo. Mediante los malos hábitos que hayáis formado, Satanás os asaltará repetidas veces.

En la orden: "Ve a trabajar en mi viña", se presenta a cada alma una prueba de sinceridad. ¿Habrá hechos tanto como palabras? ¿Usará el que es llamado todo el conocimiento que tiene, trabajando fiel y desinteresadamente para el Dueño de la viña?

El apóstol Pedro nos instruye sobre el plan según el cual debemos trabajar. "Gracia y paz os sea multiplicada -dice él-, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos sean dadas de su divina potencia, por el conocimiento de Aquel que nos ha llamado por su gloria y virtud: por las cuales nos son dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fueseis hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia. Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, mostrad en vuestra fe virtud, y en la virtud ciencia; y en la ciencia templanza, y en la templanza paciencia, y en la paciencia temor de Dios; y en el temor de Dios, amor fraternal, y en el amor fraternal caridad".

Si cultivas fielmente la varia de tu alma, Dios te está haciendo obrero juntamente con él. Y tendrás una obra que hacer no sólo por ti mismo, sino por otros. Al representar a la iglesia por una viña, Cristo no enseña que hemos de limitar nuestras simpatías y trabajos a los nuestros. La viña del Señor ha de ser agrandada. El desea que sea extendida a todas partes de la tierra. Cuando recibirnos la instrucción y la gracia de Dios, debemos impartir a otros un conocimiento referente a la forma de cuidar de. las preciosas plantas. Así podemos extender la viña del Señor. Dios está aguardando evidencias de nuestra fe, amor y paciencia. El mira para ver si estamos usando cada ventaja espiritual con el objeto de llegar a ser obreros hábiles en su viña sobre la tierra, para que podamos entrar en el paraíso de Dios, aquel hogar edénico del cual fueron excluidos Adán y Eva por la transgresión.

Dios mantiene hacia su pueblo la relación de un padre, y nos pide, como Padre, nuestro servicio fiel. Consideremos la vida de Cristo. Como cabeza de la humanidad, sirviendo a su Padre, es un ejemplo de lo que cada hijo debe y puede ser. La obediencia que Cristo rindió es la que Dios requiere de los seres humanos hoy día. El sirvió a su Padre con amor, con buena voluntad y libertad. "Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío -declara él-; y tu ley está en medio de mi corazón". Cristo no consideró demasiado grande ningún sacrificio ni demasiado dura ninguna labor, a fin de realizar la obra que él vino a hacer. A la edad de doce años: "¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene estar?" Había oído el llamamiento y había emprendido la obra. Dijo él: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra".

Así hemos de servir a Dios. Solamente le sirve el que actúa de acuerdo con la más elevada norma de obediencia. Todos los que quieran ser hijos e hijas de Dios, deben demostrar que son colaboradores de Dios, de Cristo y de los ángeles celestiales. Esta es la prueba para cada alma. El Señor dice de los que le sirven fielmente: "Serán para mí especial tesoro..., en el día que yo tengo de hacer: y perdonarélos como el hombre que perdona a su hijo que le sirve".

El gran propósito de Dios al llevar a cabo sus providencias, es probar a los hombres, darles la oportunidad de desarrollar el carácter. Así él prueba si son obedientes o desobedientes a sus mandamientos. Las buenas obras no compran el amor de Dios, pero revelan que poseemos ese amor. Si rendimos a Dios nuestra voluntad, no trabajaremos a fin de ganar el amor de Dios. Su amor, como un don gratuito, será recibido en el alma, y por amor a él nos deleitaremos en obedecer sus mandamientos.

Hay dos clases de personas en el mundo hoy día, y tan sólo dos clases serán reconocidas en el juicio: la que viola la ley de Dios y la que la obedece. Cristo da la prueba mediante la cual se ha de comprobar nuestra lealtad o deslealtad. "Si me amáis -dice él-, guardad mis mandamientos... El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquel es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él... El que no me ama, no guarda mis palabras: y la palabra que habéis oído, no es mía sino del Padre que me envió". "Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor".