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Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 25

Cómo enriquecer la personalidad

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EN EL Monte de las Olivas, Cristo había hablado a sus discípulos de su segunda venida al mundo. Había especificado ciertas señales de la proximidad de su advenimiento y les había dicho a sus discípulos que velasen y se preparasen. Otra vez les repitió la advertencia: "Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el hijo del hombre ha de venir". Entonces les hizo ver en qué consistía velar por su venida. No se debe pasar el tiempo en ociosa espera, sino en diligente actividad. Tal es la lección que él enseñó en la parábola de los talentos.

"El reino de los cielos -dijo él- es como un hombre que partiéndose lejos llamó a sus siervos, y les entregó sus bienes. Y a éste dio cinco talentos, y al otro dos, y al otro uno: a cada uno conforme a su facultad; y luego se partió lejos".

El hombre que va a un país lejano representa a Cristo, quien, cuando dijo esta parábola estaba por partir de esta tierra para ir al cielo. Los "siervos" o esclavos de la parábola representan a los seguidores de Cristo. No somos nuestros. Hemos sido "comprados... por precio", "no con cosas corruptibles, como oro o plata; sino con la sangre preciosa de Cristo"; "para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos".

Todos los hombres han sido comprados por este precio infinito. Al derramar todos los tesoros del cielo en este mundo, al darnos en Cristo todo el cielo, Dios ha comprado la voluntad, los afectos, la mente, el alma de cada ser humano. Todos los hombres pertenecen a Dios, ya sean creyentes o incrédulos. Todos son llamados a servirle, y en el día del juicio se requerirá de todos que rindan cuenta de la forma en que hayan respondido a esa demanda.

Sin embargo, no todos reconocen los derechos de Dios. En la parábola se presenta como sus siervos a los que profesan haber aceptado el servicio de Cristo.

Los seguidores de Cristo han sido redimidos para servir. Nuestro Señor enseña que el verdadero objeto de la vida es el ministerio. Cristo mismo fue obrero, y a todos sus seguidores les presenta la ley del servicio, el servicio a Dios y a sus semejantes. Aquí Cristo presenta al mundo un concepto más elevado acerca de la vida de lo que jamás ellos habían conocido. Mediante una vida de servicio en favor de otros, el hombre se pone en íntima relación con Cristo. La ley del servicio viene a ser el eslabón que nos une a Dios y a nuestros semejantes.

Cristo confía "sus bienes" a sus siervos: algo que puedan usar para él. Da "a cada uno su obra". Cada uno tiene su lugar en el plan eterno del cielo. Cada uno ha de trabajar en cooperación con Cristo para la salvación de las almas. Tan ciertamente como hay un lugar preparado para nosotros en las mansiones celestiales, hay un lugar designado en la tierra donde hemos de trabajar para Dios.

Los dones del Espíritu Santo

Los talentos que Cristo confía a su iglesia representan especialmente las bendiciones y los dones impartidos por el Espíritu Santo. "A éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu, a otro, fe por el mismo Espíritu, y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, operaciones de milagros, y a otro, profecía, y a otro, discreción de espíritus; y a otro, género de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere". Todos los hombres no reciben los mismos dones, pero se promete algún don del Espíritu a cada siervo del Maestro.

Antes de dejar a sus discípulos, Cristo "sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo". Otra vez dijo: "He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros". Sin embargo, este don no fue recibido en su plenitud hasta después de la ascensión. No fue recibido el derramamiento del Espíritu hasta que, mediante la fe y la oración, los discípulos se consagraron plenamente para efectuar la obra de Cristo. Entonces, en un sentido especial, los bienes del cielo fueron entregados a los seguidores de Cristo. "Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres". "A cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo", y el Espíritu reparte "particularmente a cada uno como quiere". Los dones ya son nuestros en Cristo, pero su posesión verdadera depende de nuestra recepción del Espíritu de Dios.

La promesa del Espíritu no se aprecia como se debiera. Su cumplimiento no se comprende como se podría. La ausencia del Espíritu es lo que hace tan impotente el ministerio evangélico. Se puede poseer sabiduría, talentos, elocuencia, todo don natural o adquirido; pero sin la presencia del Espíritu de Dios no se conmoverá a ningún corazón ni ningún pecador será ganado para Cristo. Por el otro lado, si están relacionados con Cristo, si los dones del Espíritu son suyos, los más pobres y los más ignorantes de sus discípulos tendrán un poder que hablará a los corazones. Dios los convierte en los instrumentos que ejercen la más elevada influencia en el universo.

Otros talentos

Los dones especiales del Espíritu no son los únicos talentos representados en la parábola. Ella incluye todos los dones y talentos, ya sean originales o adquiridos, naturales o espirituales. Todos han de ser empleados en el servicio de Cristo. Al convertirnos en sus discípulos, nos entregamos a él con todo lo que somos y tenemos. El nos devuelve esos dones purificados y ennoblecidos, a fin de que los empleemos para su gloria bendiciendo a nuestros prójimos.

A cada hombre Dios lo ha dotado "conforme a su facultad". Los talentos no se distribuyen caprichosamente; el que tiene capacidad para usar cinco talentos, recibe cinco; el que no puede aprovechar sino dos, recibe dos; el que puede sabiamente usar sólo uno, recibe uno. Nadie necesita lamentarse por no haber recibido dones mayores; pues Aquel que los a distribuido a todo hombre es honrado igualmente por el aprovechamiento de cada depósito, ora sea grande o pequeño. Aquel a quien se le han entregado cinco talentos, ha de rendir cuenta por el aprovechamiento de cinco; el que no tiene sino uno, por el de uno. Dios espera resultados por lo que el hombre "tiene, no por lo que no tiene".

El uso de los talentos

En la parábola, el que había "recibido cinco talentos, se fue, y granjeó con ellos, e hizo otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó también él otros dos".

Los talentos, aunque sean pocos, han de ser usados. La pregunta que más nos interesa no es: ¿cuánto he recibido? sino, ¿qué estoy haciendo con lo que tengo? El desarrollo de todas nuestras facultades es el primer deber que tenemos para con Dios y nuestros prójimos. Nadie que no crezca diariamente en capacidad y utilidad, está cumpliendo el propósito de la vida. Al hacer una profesión de fe en Cristo, nos comprometemos a desarrollarnos, en la medida plena de nuestra capacidad, como obreros para el maestro, y debiéramos cultivar toda facultad hasta el más elevado grado de perfección, a fin de que podamos realizar el mayor bien de que seamos capaces.

El Señor tiene una gran obra que ha de ser hecha, y él recompensará en mayor escala, en la vida futura, a los que presten un servicio más fiel y voluntario en la vida presente. El Señor escoge sus propios agentes, y cada día, bajo diferentes circunstancias, los prueba en su plan de acción. En cada esfuerzo hecho de todo corazón para realizar su plan, él escoge a sus agentes, no porque sean perfectos, sino porque, mediante la relación con él, pueden alcanzar la perfección.

Dios aceptará únicamente a los que están determinados a ponerse un blanco elevado. Coloca a cada agente humano bajo la obligación de hacer lo mejor que puede. De todos exige perfección moral. Nunca debiéramos rebajar la norma de justicia a fin de contemporizar con malas tendencias heredadas o cultivadas. Necesitamos comprender que es pecado la imperfección de carácter. En Dios se hallan todos los atributos justos de carácter como todo perfecto y armonioso, y cada uno de los que reciben a Cristo como su Salvador personal, tiene el privilegio de poseer esos atributos.

Y todos los que quieran ser obreros juntamente con Dios, deben esforzarse por alcanzar la perfección de cada órgano del cuerpo y cada cualidad de la mente. La verdadera educación es la preparación de las facultades físicas, mentales y morales para la ejecución de todo deber; es el adiestramiento del cuerpo, la mente y el alma para el servicio divino. Esta es la educación que perdurará en la vida eterna.

El Señor requiere que cada cristiano crezca en eficiencia y capacidad en todo sentido. Cristo nos ha pagado nuestro salario, sus propia sangre y sufrimiento, para obtener nuestro servicio voluntario. Vino a nuestro mundo para darnos un ejemplo de cómo debemos trabajar, y qué espíritu debiéramos manifestar en nuestra labor. Desea que estudiemos la mejor forma de hacer adelantar su obra y glorificar su nombre en el mundo, coronando de honor y del más grande amor y devoción al Padre, que "de tal manera amó... al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".

Sin embargo, Cristo no nos ha dado la seguridad de que sea asunto fácil lograr la perfección del carácter. Un carácter noble, cabal, no se hereda. No lo recibimos accidentalmente. Un carácter noble se obtiene mediante esfuerzos individuales, realizados por los méritos y la gracia de Cristo. Dios da los talentos, las facultades mentales; nosotros formamos el carácter. Lo desarrollamos sosteniendo rudas y severas batallas contra el yo. Hay que sostener conflicto tras conflicto contra las tendencias hereditarias. Tendremos que criticarnos a nosotros mismos severamente, y no permitir que quede sin corregir un solo rasgo desfavorable.

Nadie diga: No puedo remediar mis defectos de carácter. Si llegáis a esta conclusión, dejaréis ciertamente de obtener la vida eterna. La imposibilidad reside en vuestra propia voluntad. Si no queréis, no podéis vencer. La verdadera dificultad proviene de la corrupción de un corazón no santificado y de la falta de voluntad para someterse al gobierno de Dios.

Muchos a quienes Dios ha calificado para hacer un excelente trabajo, realizan muy poco, porque intentan poco. Miles pasan por la vida como si no tuvieran objeto definido por el cual vivir, ni norma que alcanzar. Los tales recibirán una recompensa proporcionada a sus obras.

Recordad que nunca alcanzaréis una norma más elevada que la que vosotros mismos os fijéis. Proponeos, pues, un blanco alto, y ascended todo el largo de la escalera del progreso paso a paso, aunque represente penoso esfuerzo, abnegación y sacrificio. Que nada os estorbe. El destino no ha tejido sus redes alrededor de ningún ser humano tan firmemente que éste tenga que permanecer impotente y en la incertidumbre. Las circunstancias adversas deberían crear una firme determinación de vencerlas. El quebrantar una barrera dará mayor habilidad y valor para seguir adelante. Avanzad con determinación en la debida dirección, y las circunstancias serán vuestros ayudadores, no vuestros obstáculos.

Para gloria del Maestro, ambicionad cultivar todas gracias del carácter. Debéis agradar a Dios en todos los aspectos de la formación de vuestro carácter. Podéis hacerlo, pues Enoc agradó al Señor aunque vivía en una época degenerada. Y en nuestros días también hay Enocs.

Permaneced firmes como Daniel, el fiel hombre de estado a quien ninguna tentación pudo corromper. No chasqueéis a Aquel que os amó de tal manera que dio su propia vida para expiar vuestros pecados. "Sin mí nada podéis hacer", dice. Recordad esto. Si habéis cometido errores, ganáis ciertamente una victoria si los veis y los consideráis señales de advertencia. De ese modo transformáis la derrota en victoria, chasqueando al enemigo y honrando a vuestro Redentor.

Un carácter formado a la semejanza divina es el único tesoro que podemos llevar de este mundo al venidero. Los que en este mundo andan de acuerdo con las instrucciones de Cristo, llevarán consigo a las mansiones celestiales toda adquisición divina. Y en el cielo mejoraremos continuamente. Cuán importante es, pues, el desarrollo del carácter en esta vida.

Los seres celestiales obrarán con el agente humano que con determinada fe busque esa perfección de carácter que alcanzará la perfección en la acción. Cristo dice a cada uno de los que se ocupan en su obra: Estoy a tu mano derecha para ayudarte.

Cuando la voluntad del hombre coopera con la voluntad de Dios, llega a ser omnipotente. Cualquier cosa que debe hacerse por orden suya, puede llevarse a cabo con su fuerza. Todos sus mandatos son habilitaciones.

Las facultades mentales

Dios requiere el adiestramiento de las facultades mentales. El se propone que sus siervos posean más inteligencia y más claro discernimiento que los mundanos, y le desagradan aquellos que son demasiado descuidados o insolentes para llegar a ser obreros eficientes, bien informados. El Señor nos manda que lo amemos con todo el corazón, y con toda el alma, y con toda la fuerza, y con toda la mente. Esto nos impone la obligación de desarrollar el intelecto hasta su máxima capacidad, para que podamos conocer y amar a nuestro Creador con todo el entendimiento.

Si el intelecto es colocado bajo el dominio del Espíritu de Dios, cuanto más se lo cultiva, más eficazmente puede ser usado en el servicio de Dios. El hombre sin instrucción, que es consagrado a Dios y anhela beneficiar a otros, puede ser usado por el Señor en su servicio, y lo es. Pero los que, con el mismo espíritu de consagración, han tenido el beneficio de una educación cabal, pueden realizar una obra mucho más extensa para Cristo. Se hallan colocados en posición ventajosa.

El Señor desea que obtengamos toda la educación posible, con el objeto de impartir nuestro conocimiento a otros. Nadie puede saber dónde o cómo ha de ser llamado a trabajar o hablar en favor de Dios. Sólo nuestro Padre celestial ve lo que puede hacer de los hombres. Hay ante nosotros posibilidades que nuestra débil fe no discierne. Nuestra mente debiera ser enseñada en forma tal que, si fuere necesario, podamos presentar las verdades de la Palabra de Dios ante las más altas autoridades terrenales y de un modo que glorifique su nombre. No deberíamos descuidar ni una sola oportunidad de prepararnos intelectualmente para trabajar por Dios.

Pónganse a trabajar los jóvenes que necesitan una educación, con la determinación de lograrla. No esperéis una oportunidad; hacedla. Aprovechad cualquier pequeña ocasión que se os presente. Practicad la economía. No gastéis vuestros medios en la satisfacción de vuestro apetito o en la búsqueda de los placeres. Decidíos a ser tan útiles y eficientes como Dios os pide que seáis. Sed cabales y fieles en todo lo que emprendáis. Aprovechad todas las ventajas que haya a vuestro alcance para fortalecer el intelecto. Combinad el estudio de los libros con el trabajo manual útil, y mediante el esfuerzo fiel, la vigilancia y la oración, obtened la sabiduría de origen celestial. Esto os dará una educación equilibrada. Así podréis elevaros en carácter, y adquirir una influencia sobre otras mentes, que os capacitará para dirigirlas por el sendero de la justicia y la santidad.

Si comprendiéramos plenamente nuestras oportunidades y privilegios, se podría llevar a cabo mucho más en la obra de la autoeducación. La verdadera educación significa más que lo que los colegios pueden dar. Aunque no se debe descuidar el estudio de las ciencias, existe una preparación más elevada que ha de obtenerse mediante una relación vital con Dios. Tome cada estudiante su Biblia y póngase en comunión con el gran Maestro. Edúquese y disciplínese la mente para luchar con problemas arduos en la búsqueda de la verdad divina.

Los que desean ardientemente obtener conocimiento, para ser una bendición a sus semejantes, recibirán ellos mismos la bendición de Dios. Mediante el estudio de su Palabra sus facultades mentales serán despertadas a una actividad fervorosa. Se producirá una expansión y un desarrollo de las facultades, y la mente adquirirá poder y eficiencia.

Todo el que quiere ser un obrero para Dios tiene que practicar la disciplina propia. Esto logrará más que la elocuencia o los talentos más destacados. Una mente común, bien disciplinada, efectuará una obra mayor y más elevada que la mente mejor educada y los mayores talentos sin el dominio propio.

El habla

La facultad del habla es un talento que debiera ser diligentemente cultivado. De todos los dones que hemos recibido de Dios, ninguno puede ser una bendición mayor que éste. Con la voz convencemos y persuadimos; con ella oramos y alabamos a Dios, y con ella hablamos a otros del amor del Redentor. Cuán importante es, entonces, que se eduque de tal manera que sea lo más eficaz posible para bien.

La cultura y el uso debido de la voz son grandemente descuidados, aun por personas de inteligencia y actividad cristiana. Hay muchos que leen o hablan en voz tan baja o de un modo tan rápido que no puede entendérseles fácilmente. Algunos tienen una pronunciación apagada e indistinta, otros hablan en tonos agudos y penetrantes, que resultan penosos para los que oyen. Los textos, los himnos, los informes y otras cosas presentadas ante asambleas públicas, son a veces leídos de tal manera que no se entienden, y a menudo su fuerza y poder impresionante quedan destruidos.

Este es un mal que puede y debe corregirse. Sobre este punto nos instruye la Biblia. Se nos dice de los levitas, que leían las Escrituras al pueblo en los días de Esdras: "Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura".

Mediante un esfuerzo diligente todos pueden adquirir la habilidad de leer inteligiblemente y hablar en un tono de voz fuerte, claro, sonoro, de un modo distinto e impresionante. Haciendo esto podemos aumentar grandemente nuestra eficiencia como obreros de Cristo.

Todo cristiano está llamado a dar a conocer a otros las inescrutables riquezas de Cristo; por lo tanto debiera procurar la perfección en el habla. Debiera presentar la Palabra de Dios de un modo que la recomendara a sus oyentes. Dios no desea que sus intermediarios sean incultos. No es su voluntad que el hombre rebaje o degrade la corriente celestial qué fluye por medio de él al mundo.

Debiéramos mirar a Jesús, el modelo perfecto; debiéramos orar por la ayuda del Espíritu Santo, y con su fuerza tratar de educar todo órgano para hacer una obra perfecta.

Esto es especialmente cierto con respecto a aquellos que son llamados al ministerio público. Todo ministro y todo maestro debe recordar que está dando a la gente un mensaje que encierra intereses eternos. La verdad que prediquen los juzgará en el gran día del ajuste final de cuentas. Y en el caso de algunas almas, el modo en que se presente el mensaje, determinará su recepción o rechazamiento. Entonces, háblese la palabra de tal manera que despierte el entendimiento e impresione el corazón. Lenta, distinta y solemnemente debiera hablarse la palabra, y con todo el fervor que su importancia requiere.

La debida cultura y el uso de la facultad del habla es parte de todo ramo de servicio cristiano; entra en la vida familiar y en toda nuestra relación mutua. Hemos de acostumbrarnos a hablar en tonos agradables, a usar un lenguaje puro y correcto, y palabras bondadosas y corteses. Las palabras dulces, amables, son como el rocío y la suave lluvia para el alma. La Escritura dice de Cristo que la gracia fue derramada en sus labios, para que pudiera "hablar en sazón palabra al cansado". Y el Señor nos insta: "Sea vuestra palabra siempre con gracia", "para que dé gracia a los oyentes".

Al tratar de corregir o reformar a otros, debiéramos cuidar nuestras palabras. Ellas serán un sabor de vida para vida o de muerte para muerte. Al dar reprensiones o consejos, muchos se permiten un lenguaje mordaz y severo, palabras no apropiadas para sanar el alma herida. Por estas expresiones imprudentes se crea un espíritu receloso, y a menudo los que yerran son incitados a la rebelión. Todos los que defienden los principios de verdad necesitan recibir el celestial aceite del amor. En toda circunstancia la reprensión debe ser hecha con amor. Entonces nuestras palabras reformarán, sin exasperar. Cristo proporcionará por medio de su Espíritu Santo la fuerza y el poder. Esta es su obra.

No debiera pronunciarse imprudentemente ninguna palabra. Ninguna conversación maliciosa, ninguna charla frívola, ninguna expresión de descontento o insinuación impura escapará de los labios del que sigue a Cristo. El apóstol Pablo, al escribir inspirado por el Espíritu Santo, dice: "Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca". Esto quiere significar no sólo palabras viles, sino cualquier expresión contraria a los santos principios y a la pura e inmaculada religión. Incluye las sugestiones impuras y las ocultas insinuaciones al mal. A menos que éstas sean resistidas inmediatamente, conducirán a pecados mayores.

Sobre cada familia, sobre cada cristiano individual, descansa el deber de cerrar el camino a las conversaciones impuras. Cuando estamos en compañía de aquellos que se permiten una conversación frívola, es nuestro deber cambiar, si es posible, el tema. Con la ayuda de la gracia de Dios debiéramos tranquilamente dejar caer una palabra o introducir un tema que cambie el giro de la conversación hacia un cauce provechoso.

Es obra de los padres inculcar en sus hijos la costumbre de hablar correctamente. La mejor escuela para obtener esta cultura es el hogar. Desde sus tempranos años se debiera enseñar a los niños a hablar respetuosa y amablemente con sus padres y unos con otros. Debe enseñárseles que solamente palabras amables, veraces y puras debieran traspasar sus labios. Sean los padres mismos alumnos diarios en la escuela de Cristo. Entonces, por precepto y ejemplo, pueden enseñar a sus hijos el uso de toda "palabra sana e irreprensible". Este es uno de sus deberes mayores y que implica más responsabilidad.

Como seguidores, de Cristo hemos de hacer que nuestras palabras sean motivo de ayuda y ánimo mutuos en la vida cristiana. Necesitamos hablar mucho más de lo que solemos de los capítulos preciosos de nuestra experiencia. Debiéramos hablar de la misericordia y la amante bondad de Dios, de la incomparable profundidad del amor del Salvador. Nuestras palabras debieran ser palabras de alabanza y agradecimiento. Si la mente y el corazón están llenos del amor de Dios, éste se revelará en la conversación. No será un asunto difícil impartir aquello que forma parte de nuestra vida espiritual. Los grandes pensamientos, las nobles aspiraciones, las claras percepciones de la verdad, los propósitos altruistas, los anhelos de piedad y santidad, llevarán fruto en palabras que revelarán el carácter del tesoro del corazón. Cuando Cristo sea así revelado por nuestras palabras, éstas poseerán poder para ganar almas para él.

Hemos de hablar de Cristo a aquellos que no lo conocen. Hemos de obrar como lo hizo Cristo. Doquiera él estuviera: en la sinagoga, junto al camino, en, un bote algo alejado de tierra, en el banquete del fariseo o en la mesa del publicano, hablaba a las gentes de las cosas concernientes a la vida superior. Relacionaba la naturaleza y los acontecimientos de la vida diaria con las palabras de verdad. Los corazones de sus oyentes eran atraídos hacia él; porque él había sanado a sus enfermos, había consolado a los afligidos, y tomando a sus niños en sus brazos, los había bendecido. Cuando él abría los labios para hablar, la atención se concentraba en él, y cada palabra era para algún alma sabor de vida para vida.

Así debe ser con nosotros. Doquiera estemos, hemos de procurar aprovechar las oportunidades que se nos presenten para hablar a otros del Salvador. Si seguimos el ejemplo de Cristo en hacer bien, los corazones se nos abrirán como se le abrían a él. No bruscamente, sino con tacto impulsado por el amor divino, podremos hablarles de Aquel que es "señalado entre diez mil", y "todo él codiciable". Esta es la obra suprema en la cual podemos emplear el talento del habla. Dicho talento nos ha sido dado para que podamos presentar a Cristo como el Salvador que perdona el pecado.

La influencia

La vida de Cristo era de una influencia siempre creciente, sin límites; una influencia que lo ligaba a Dios y a toda la familia humana. Por medio de Cristo, Dios ha investido al hombre de una influencia que le hace imposible vivir para sí. Estamos individualmente vinculados con nuestros semejantes, somos una parte del gran todo de Dios y nos hallamos bajo obligaciones mutuas. Ningún hombre puede ser independiente de sus prójimos, pues el bienestar de cada uno afecta a los demás. Es el propósito de Dios que cada uno se sienta necesario para el bienestar de los otros y trate de promover su felicidad.

Cada alma está rodeada de una atmósfera propia, de una atmósfera que puede estar cargada del poder vivificante de la fe, el valor y la esperanza, y endulzada por la fragancia del amor. O puede ser pesada y fría por la bruma del descontento y el egoísmo, o estar envenenada por la contaminación fatal de un pecado acariciado. Toda persona con la cual nos relacionarnos queda, consciente o inconscientemente, afectada por la atmósfera que nos rodea.

Es ésta una responsabilidad de la que no nos podemos librar. Nuestras palabras, nuestros actos, nuestro vestido, nuestra conducta, hasta la expresión de nuestro rostro, tienen influencias. De la impresión así hecha dependen resultados para bien o para mal, que ningún hombre puede medir. Cada impulso impartido de ese modo es una semilla sembrada que producirá su cosecha. Es un eslabón de la larga cadena de los acontecimientos humanos, que se extiende hasta no sabemos dónde. Si por nuestro ejemplo ayudamos a otros a desarrollar buenos principios, les damos poder para hacer el bien. Ellos a su vez ejercen la misma influencia sobre otros, y éstos sobre otros más. De este modo, miles pueden ser bendecidos por nuestra influencia inconsciente.

Arrojad una piedrecita al lago, y se formará una onda y otra y otra, y a medida que crecen éstas, el círculo se agranda hasta que llega a la costa misma. Lo mismo ocurre con nuestra influencia. Más allá del alcance de nuestro conocimiento o dominio, obra en otros como una bendición o una maldición.

El carácter es poder. El testimonio silencioso de una vida sincera, abnegada y piadosa, tiene una influencia casi irresistible. Al revelar en nuestra propia vida el carácter de Cristo, cooperamos con él en la obra de salvar almas. Solamente revelando en nuestra vida su carácter, podemos cooperar con él.

Y cuanto mas amplia es la esfera de nuestra influencia, mayor bien podemos hacer. Cuando los que profesan servir a Dios sigan el ejemplo de Cristo practicando los principios de la ley en su vida diaria; cuando cada acto dé testimonio de que aman a Dios más que todas las cosas y a su prójimo como a sí mismos, entonces la iglesia tendrá poder para conmover al mundo.

Pero nunca ha de olvidarse que la influencia no ejerce menos poder para el mal. Perder la propia alma es algo terrible, pero ser la causa de la pérdida de otras almas es más terrible aún. Resulta terrible pensar que nuestra influencia pueda ser un sabor de muerte para muerte; no obstante es posible. Muchos de los que profesan recoger con Cristo están alejando a otros de él. Por esto la iglesia es tan débil. Muchos se permiten criticar y acusar a otros libremente. Al dar expresión a las suspicacias, los celos y el descontento, se convierten en instrumentos de Satanás. Antes de que se den cuenta de lo que están haciendo, el adversario ha logrado por medio de ellos su propósito. La impresión del mal ha sido hecha, la sombra ha sido arrojada, las flechas de Satanás han dado en el blanco. La desconfianza, la incredulidad y un escepticismo absoluto han hecho presa de aquellos que de otra manera hubieran aceptado a Cristo. Entre tanto, los siervos de Satanás miran complacidos a aquellos a quienes han conducido al escepticismo, y que están hoy endurecidos contra la reprensión y la súplica. Se jactan de que en comparación con esas almas ellos son virtuosos y justos. No se dan cuenta de que estos pobres náufragos del carácter son la obra de sus propias lenguas irrefrenadas y de sus rebeldes corazones. Mediante su propia influencia esas almas tentadas han caído.

Así la frivolidad, la complacencia propia y la descuidada indiferencia de los profesos cristianos están apartando a muchas almas del camino de la vida. Son muchos los que temerán encontrarse ante el tribunal de Dios con los resultados de su influencia.

Solamente por la gracia de Dios podemos emplear debidamente este don. No hay nada en nosotros mismos por lo cual podamos ejercer sobre otros influencia para bien. Al comprender nuestra impotencia y nuestra necesidad del poder divino, no confiaremos en nosotros mismos. No sabemos qué resultados traerá un día, una hora o un momento, y nunca debiéramos comenzar el día sin encomendar nuestros caminos a nuestro Padre celestial. Sus ángeles están comisionados para velar por nosotros, y si nos sometemos a su custodia, entonces en cada ocasión de peligro estarán a nuestra diestra. Cuando inconscientemente estamos en peligro de ejercer una mala influencia, los ángeles estarán a nuestro lado, induciéndonos a un mejor proceder, escogiendo las palabras por nosotros, e influyendo en nuestras acciones. En esta forma, nuestra influencia pueden llegar, a ser un gran poder, aunque silencioso e inconsciente, para llevar a otros a Cristo y al mundo celestial.

El tiempo

Nuestro tiempo pertenece a Dios. Cada momento es suyo, y nos hallamos bajo la más solemne obligación de aprovecharlo para su gloria. De ningún otro talento que él nos haya dado requerirá más estricta cuenta que de nuestro tiempo.

El valor del tiempo sobrepuja todo cómputo. Cristo consideraba precioso todo momento, así es como hemos de considerarlo nosotros. La vida es demasiado corta para que se la disipe. No tenemos sino unos pocos días de gracia en, los cuales prepararnos para la eternidad. No tenemos tiempo para perder, ni tiempo para dedicar a los placeres egoístas, ni tiempo para entregarnos al pecado. Es ahora cuando hemos de formar caracteres para la vida futura e inmortal. Es ahora cuando hemos de prepararnos para el juicio investigador.

Apenas los miembros de la familia humana han empezado a vivir, cuando comienzan a morir, y la labor incesante del mundo termina en la nada a menos que se obtenga un verdadero conocimiento respecto a la vida eterna. El hombre que aprecia el tiempo como su día de trabajo, se preparará para una mansión y una vida inmortales. Vale la pena que él haya nacido.

Se nos amonesta a redimir el tiempo. Pero el tiempo desperdiciado no puede recuperarse jamás. No podemos hacer retroceder ni un solo momento. La única manera en la cual podemos redimir nuestro tiempo es aprovechando lo más posible el que nos queda, colaborando con Dios en su gran plan de redención.

En aquel que hace esto se efectúa una transformación del carácter. Llega a ser hijo de Dios, miembro de la familia real, hijo del Rey celestial. Está capacitado para ser compañero de los ángeles.

Ahora es nuestro tiempo de trabajar por la salvación de nuestros semejantes. Hay algunos que piensan que si dan dinero a la causa de Cristo, eso es todo lo que se requiere de ellos; el tiempo precioso en el cual pudieran hacer obra personal para Cristo, pasa sin ser aprovechado. Pero es privilegio y deber de todos los que tienen salud y fuerza prestar a Dios un servicio activo. Todos han de trabajar en ganar almas para Cristo. Los donativos de dinero no pueden ocupar el lugar de esto.

Cada, momento está cargado de consecuencias eternas. Hemos de ser soldados de emergencia, listos para entrar en acción al instante de recibir el aviso. La oportunidad que se nos ofrece hoy de hablar a algún alma necesitada de la Palabra de vida, puede no volver jamás. Puede ser que Dios diga a esa persona: "Esta noche vuelven a pedir tu alma", y a causa de nuestra negligencia no se halle lista. En el gran día del juicio, ¿cómo rendiremos cuenta de ello a Dios?

La vida es demasiado solemne para que sea absorbida en asuntos temporales o terrenos, en un tráfago de cuidados y ansiedades por las cosas que no son sino un átomo en comparación con las de interés eterno. Sin embargo, Dios nos ha llamado a servirle en los asuntos temporales de la vida. La diligencia en esta obra es una parte de la verdadera religión tanto como lo es la devoción. La Biblia no sanciona la ociosidad. Esta es la mayor maldición que aflige a nuestro mundo. Cada hombre y mujer verdaderamente convertido será un obrero diligente.

Del debido aprovechamiento de nuestro tiempo depende nuestro éxito en la adquisición de conocimiento y cultura mental. El cultivo del intelecto no ha de ser impedido por la pobreza, el origen humilde o las condiciones desfavorables. Pero atesórense los momentos. Unos pocos momentos aquí y unos pocos allí, que podrían desperdiciarse en charlas sin objeto; las horas de la mañana tan a menudo desperdiciadas en la cama; el tiempo que pasamos viajando en los tranvías o el tren, o esperando en la estación; los momentos que pasamos en espera de la comida, o de aquéllos que llegan tarde a una cita; si se tuviera un libro en la mano y se aprovecharan estos fragmentos de tiempo en estudiar, leer o en pensar cuidadosamente, ¡cuánto podría realizarse! Un propósito resuelto, un trabajo persistente y la cuidadosa economía del tiempo capacitarán a los hombres para adquirir los conocimientos y la disciplina mental que los calificarán para casi cualquier posición de influencia y utilidad.

Es deber de todo cristiano adquirir hábitos de orden, minuciosidad y prontitud. No hay excusa para hacer lenta y chapuceramente el trabajo, cualquiera sea su clase. Cuando uno está siempre en el trabajo, y el trabajo nunca está hecho, es porque no se ponen en él la mente y el corazón. La persona lenta y que trabaja con desventajas, debiera darse cuenta de que ésas son faltas que deben corregirse. Necesita ejercitar su mente haciendo planes referentes a cómo usar el tiempo para alcanzar los mejores resultados. Con tacto y método, algunos realizarán tanto trabajó en cinco horas como otros en diez. Algunos que se ocupan en las tareas domésticas están siempre trabajando, no porque tengan tanto que hacer, sino porque no hacen planes para ahorrar tiempo. Por su manera de trabajar lenta y llena de dilaciones, se dan mucho trabajo por cosas muy pequeñas. Pero todos los que deseen pueden vencer esos hábitos de morosidad y excesiva meticulosidad. Tengan los tales un propósito definido en su obra. Decidan cuánto tiempo se requiere para hacer una tarea determinada, y entonces dedíquese todo esfuerzo a terminar el trabajo en ese tiempo. El ejercicio de la voluntad hará más diestras las manos.

Por falta de una determinación de echar mano de sí mismos y reformarse, las personas pueden volverse estereotipadas en cierto curso equivocado de acción; o mediante el cultivo de sus facultades pueden adquirir capacidad para realizar el mejor servicio. Entonces sus servicios serán solicitados en todas partes. Serán apreciados en todo lo que valen.

Muchos niños y jóvenes desperdician el tiempo que podrían haber empleado en ayudar a llevar las cargas del hogar, mostrando así un interés amante en su padre y su madre. La juventud podría llevar sobre sus jóvenes y fuertes hombros muchas responsabilidades que alguien tiene que llevar.

La vida de Cristo, desde sus más tempranos años, fue una vida de fervorosa actividad. El no vivió para agradarse a sí mismo. Era el Hijo del Dios infinito; no obstante, trabajó en el oficio de carpintero con su padre José. Su oficio fue significativo. Había venido al mundo como edificador del carácter, y como tal toda su obra fue perfecta. Toda su labor material se distinguió por la misma perfección que transmitía a los caracteres que estaba transformando por su poder divino. El es nuestro modelo.

Los padres debieran enseñar a sus hijos el valor y el debido uso del tiempo. Enséñeseles que vale la pena luchar para hacer algo que honre a Dios y beneficie a la humanidad. Aun en sus tempranos años pueden ser misioneros para Dios.

Los padres no pueden cometer un pecado mayor que el de permitir que sus hijos no tengan nada que hacer. Los niños pronto aprenden a amar la ociosidad, y llegan a ser hombres y mujeres negligentes e inútiles. Cuando tienen la edad suficiente para ganarse la vida y hallar empleo, trabajan de una manera perezosa, esperando sin embargo que se les pague tanto como si hubieran sido fieles. Existe una diferencia enorme entre esta clase de obreros y aquellos que se dan cuenta de que deben ser fieles mayordomos.

Los hábitos de indolencia y descuidar consentidos el trabajo común, serán llevados a la vida religiosas, e incapacitarán a uno para prestar cualquier servicio eficiente a Dios. Muchos que, mediante una labor diligente podrían haber sido una bendición para el mundo, se han visto arruinados por causa de la ociosidad. La falta de empleo y de un propósito determinado abren la puerta a un millar de tentaciones. Las malas compañías y los hábitos viciosos depravan la mente y el alma, y el resultado es la ruina para esta vida y la venidera.

Cualquiera que sea el ramo de trabajo en el cual nos ocupemos, la Palabra de Dios nos enseña a ser "en el cuidado no perezosos; ardientes en espíritu, sirviendo al Señor". "Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas", "sabiendo que del Señor recibiréis la compensación de la herencia: porque al Señor Cristo servís".

La salud

La salud es una bendición cuyo valor pocos aprecian; no obstante, de ella depende mayormente la eficiencia de nuestras facultades mentales y físicas. Nuestros impulsos y pasiones tienen su asiento en el cuerpo, y éste debe conservarse en la mejor condición física, y bajo las influencias más espirituales, a fin de que pueda darse el mejor uso a nuestros talentos.

Cualquier cosa que disminuya la fuerza física, debilita la mente y la vuelve menos capaz de discernir entre lo bueno y lo malo. Nos volvemos menos capaces de escoger lo bueno, y tenemos menos fuerza de voluntad para hacer lo que sabemos que es recto.

El uso indebido de nuestras facultades físicas acorta el período de tiempo en el cual nuestras vidas pueden ser usadas para la gloria de Dios. Y ello nos incapacita para realizar la obra que Dios nos ha dado para hacer. Al permitirnos formar malos hábitos, acostándonos a horas avanzadas, complaciendo el apetito a expensas de la salud, colocamos los cimientos de nuestra debilidad. Descuidando el ejercicio físico, cansando demasiado la mente o el cuerpo, desequilibramos el sistema nervioso. Los que así acortan su vida y se incapacitan para el servicio al no tener en cuenta las leyes naturales, son culpables de estar robando a Dios. Y están robando también a sus semejantes. La oportunidad de bendecir a otros, la misma obra para la cual Dios los envió al mundo, ha sido acortada por su propia conducta. Y se han incapacitado para hacer aun aquello que podían haber efectuado en un tiempo mucho más breve. El Señor nos considera culpables cuando por nuestros hábitos perjudiciales privamos así al mundo del bien.

La violación de la ley física es transgresión de la ley moral; porque Dios es tan ciertamente el autor de las leyes físicas como lo es de la ley moral. Su ley está escrita con su propio dedo sobre cada nervio, cada músculo y cada facultad que ha sido confiada al hombre. Y todo abuso que cometamos de cualquier parte de nuestro organismo es una violación de dicha ley.

Todos debieran poseer un conocimiento inteligente del organismo humano, para poder conservar sus cuerpos en la condición necesaria para hacer la obra del Señor. La vida física ha de ser cuidadosamente preservada y desarrollada, a fin de que a través de la humanidad pueda ser revelada la naturaleza divina en toda su plenitud. La relación del organismo físico con la vida espiritual es uno de los ramos más importantes de la educación. Debiera recibir una atención cuidadosa en el hogar y en la escuela. Todos necesitan llegar a familiarizarse con su estructura física y las leyes que gobiernan la vida natural. El que permanece en la ignorancia voluntaria respecto de las leyes de su ser físico, y viola dichas leyes por desconocerlas, está pecando contra Dios. Todos deben mantener la mejor relación posible con la vida y la salud. Nuestros hábitos deben colocarse bajo el control de una mente gobernada por Dios.

"¿Ignoráis -dice el apóstol Pablo- que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque comprados sois por precio; glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios".

La fuerza

Debemos amar a Dios, no sólo con todo el corazón, el entendimiento y el alma, sino con toda la fuerza. Esto implica el uso pleno e inteligente de las facultades físicas. Cristo fue un obrero fiel tanto en las cosas temporales como en las espirituales, y en toda su obra tenía la determinación de hacer la voluntad de su Padre. Los asuntos del cielo y de la tierra están más íntimamente relacionados y se hallan más directamente sometidos a la intervención de Cristo de lo que muchos se dan cuenta. Fue Cristo quien hizo el proyecto y el plano del primer tabernáculo terrenal. El dio todas las indicaciones con respecto a la edificación del templo de Salomón. Aquel que en su vida terrenal trabajara como carpintero en la aldea de Nazaret, fue el Arquitecto celestial que trazó el plan del sagrado edificio en el cual había de honrarse su nombre.

Fue Cristo quien dio a los edificadores del tabernáculo sabiduría para ejecutar la mano de obra más hábil y hermosa. El dijo: "Mira, yo he llamado por su nombre a Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he henchido de espíritu de Dios, en sabiduría, y en inteligencia, y en ciencia, y en todo artificio... Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan: y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado".

Dios desea que sus obreros en todo ramo lo miren a él como el Dador de cuanto poseen. Todas las buenas invenciones y progresos tienen su fuente en el que es maravilloso en consejo y grande en sabiduría. El toque hábil de la mano del médico, su poder sobre los nervios y los músculos, su conocimiento del delicado organismo humano, no es otra cosa que la sabiduría del poder divino que ha de ser empleada en favor de los que sufren. La destreza con la cual el carpintero usa el martillo, la fuerza con que el herrero hace sonar el yunque, provienen de Dios. El ha dotado a los hombres de talentos, y espera que acudan a él en procura de consejo. En todo cuanto hagamos, en cualquier departamento de la obra en que nos hallemos, él desea gobernar nuestras mentes a fin de que hagamos una obra perfecta.

La religión y los negocios no van separados; son una sola cosa. La religión de la Biblia ha de entretejerse con todo lo que hacemos o decimos. Los agentes divinos y humanos han de combinarse tanto en las realizaciones temporales como en las espirituales. Han de estar unidos en todas las actividades humanas, en las labores mecánicas y agrícolas, en las empresas comerciales y científicas. En toda actividad cristiana debe existir cooperación.

Dios ha proclamado principios que son los únicos que hacen posible esta cooperación. Su gloria debe ser el motivo de todos los que colaboren con él. Todo nuestro trabajo debe hacerse por amor a Dios y de acuerdo con su voluntad.

Es tan esencial hacer la voluntad de Dios cuando se construye un edificio como cuando se toma parte en un servicio religioso. Y si los obreros han empleado los principios correctos en la edificación de su propio carácter, entonces en la erección de cualquier edificio crecerán en gracia y conocimiento.

Pero Dios no aceptará los mayores talentos o el servicio más espléndido a menos que el yo sea puesto sobre el altar, como sacrificio vivo, que se consume. La raíz debe ser santa; de otra manera no puede haber fruto aceptable a Dios.

El Señor hizo de Daniel y de José mayordomos perspicaces. Pudo obrar mediante ellos porque no vivieron para satisfacer sus propias inclinaciones, sino para agradar a Dios.

El caso de Daniel encierra una lección para nosotros. Revela el hecho de que un hombre de negocios no es necesariamente un hombre astuto y político. Puede ser instruido por Dios a cada paso. Daniel, mientras era primer ministro del reino de Babilonia, era profeta de Dios, y recibía la luz de la inspiración celestial. Los hombres de estado ambiciosos y mundanos son representados en la Palabra de Dios como la hierba que crece, y como la flor de la hierba que se marchita. Empero el Señor desea tener en su servicio hombres inteligentes, calificados para diversos ramos de trabajo. Se necesitan hombres de negocio que entretejan los grandes principios de la verdad en todas sus transacciones. Y sus talentos deben perfeccionarse mediante el estudio y la preparación más cabales. Si hay en cualquier ramo de trabajo hombres que necesiten aprovechar sus oportunidades para llegar a ser sabios y eficientes, son aquellos que están usando sus aptitudes para edificar el reino de Dios en nuestro mundo. De Daniel sabemos que aun cuando todas sus transacciones comerciales eran sometidas al más minucioso examen, no se podía hallar una sola falta o error. El fue un ejemplo de lo que puede ser todo hombre de negocios. Su historia muestra lo que puede realizar una persona que consagra la fuerza del cerebro, los huesos y los músculos, del corazón y la vida, al servicio de Dios.

El dinero

Dios también confía recursos a los hombres. El les da el poder de obtener riquezas. El riega la tierra con el rocío del cielo y con aguaceros de refrescante lluvia. El da el sol que calienta la tierra, despertando a la vida las cosas de la naturaleza y haciéndolas florecer y producir fruto. Y él pide una retribución de lo que es suyo.

No nos ha sido dado nuestro dinero para que pudiéramos honrarnos y glorificamos a nosotros mismos. Como fieles mayordomos, hemos de usarlo para honra y gloria de Dios. Algunos piensan que sólo pertenece al Señor una porción de sus medios. Cuando han puesto aparte una porción con fines religiosos y caritativos, consideran que el resto les pertenece para usarlo como crean conveniente. Pero en esto se equivocan. Todo lo que poseemos es del Señor y somos responsables ante él del uso que le demos. En el empleo de cada centavo se verá si amamos a Dios por encima de todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

El dinero tiene gran valor porque puede hacer mucho bien. En manos de los hijos de Dios es alimento para el hambriento, bebida para el sediento, y vestido para el desnudo. Es una defensa para el oprimido y un medio de ayudar al enfermo. Pero el dinero no es de más valor que la arena, a menos que sea usado para satisfacer las necesidades de la vida, beneficiar a otros, y hacer progresar la causa de Cristo. La riqueza atesorada no es meramente inútil: es una maldición. En esta vida es una trampa para el alma, pues aparta los afectos del tesoro celestial. En el gran día de Dios su testimonio con respecto a los talentos no usados y a las oportunidades descuidadas condenará a su poseedor. La Escritura dice: "Ea ya ahora, oh ricos, llorad aullando por vuestras miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas: vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están corrompidos de orín; y su orín os será en testimonio, y comerá del todo vuestras carnes como fuego. Os habéis allegado tesoro para en los postreros días. He aquí, el jornal de los obreros que han segado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado de vosotros, clama; y los clamores de los que habían segado, han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos".

Pero Cristo no sanciona el uso pródigo o descuidado de los recursos. Su lección de economía: "Recoged los pedazos que han quedado, porque no se pierda nada", es para todos sus seguidores. El que se da cuenta de que su dinero es un talento que proviene de Dios, lo usará económicamente, y sentirá que es su deber ahorrar, para poder dar.

Cuanto más dinero empleemos en la ostentación y la complacencia propia, menos tendremos para alimentar al hambriento y vestir al desnudo. Todo centavo usado innecesariamente, priva al que lo gasta de una preciosa oportunidad de hacer bien. Este proceder roba a Dios la honra y la gloria que debe tributársele mediante el aprovechamiento de los talentos que él ha confiado.

Los impulsos y sentimientos bondadosos

Los sentimientos bondadosos, los impulsos generosos y la rápida comprensión de las cosas espirituales son talentos preciosos, y colocan a su poseedor bajo una pesada responsabilidad. Todos han de ser usados en el servicio de Dios. Pero aquí es donde muchos yerran. Satisfechos con la posesión de esas cualidades, dejan de usarlas en un servicio activo por otros. Se lisonjean de que si tuvieran la oportunidad, si las circunstancias fueran favorables, harían una buena y grandiosa obra. Pero están esperando la oportunidad. Desprecian la mezquindad del pobre tacaño que da de mala gana una pitanza al necesitado. Ven que está viviendo para sí, y que es responsable del mal uso de sus talentos. Con gran complacencia trazan el contraste entre sí mismos y tales personas, tan estrechas de miras, sintiendo que su propia condición es mucho más favorable que la de sus vecinos de alma mezquina. Pero se engañan a sí mismos. La mera posesión de cualidades que no se utilizan, tan sólo aumenta su responsabilidad. Aquellos que poseen grandes cualidades afectivas tienen ante Dios la obligación de prodigarlas no solamente a sus amigos, sino a todos los que necesitan ayuda. Las ventajas sociales son talentos, y hay que usarlas para beneficio de todos los que están al alcance de nuestra influencia. El amor que prodiga sus bondades sólo a unos pocos, no es amor, es egoísmo. De ninguna manera obrará para el bien de las almas o la gloria de Dios. Los que así dejan de aprovechar los talentos de su Señor, son aún más culpables que aquellos por quienes ellos sienten tal menosprecio. A los tales les dirá: Sabíais la voluntad de vuestro Señor, pero no la hicisteis.

Los talentos son multiplicados por el uso

Los talentos que se usan son talentos que se multiplican. El éxito no es el resultado de la casualidad o del destino; es la operación de la providencia de Dios, la recompensa de la fe y la discreción, de la virtud y el esfuerzo perseverante. El Señor desea que usemos cada don que poseemos; y si lo hacemos, tendremos mayores dones para usar. El no nos capacita de una manera sobrenatural con las cualidades de que carecemos; pero mientras usamos lo que tenemos, él obrará con nosotros para aumentar y fortalecer toda facultad. En todo sacrificio ferviente y sincero que hagamos en el servicio del Maestro, nuestras facultades se acrecentarán. Mientras nos entregamos como instrumentos para la operación del Espíritu Santo, la gracia de Dios trabajará en nosotros sojuzgando las viejas inclinaciones, venciendo las propensiones poderosas y formando nuevos hábitos. Cuando apreciamos y obedecemos las indicaciones del Espíritu, nuestros corazones son ampliados para recibir más y más de su poder, y para hacer una obra mayor y mejor. Las energías dormidas son despertadas, y las facultades paralizadas reciben nueva vida.

El humilde obrero que responde obedientemente al llamado de Dios puede estar seguro de que recibirá ayuda divina. El aceptar una responsabilidad tan grande y santa resulta elevador para el carácter. Pone en acción las facultades mentales y espirituales más elevadas y fortalece y purifica la mente y el corazón. Mediante la fe en el poder de Dios, es admirable cuán fuerte puede llegar a ser un hombre débil, cuán decididos sus esfuerzos, cuán prolífico en grandes resultados. El que empieza con poco conocimiento, de una manera humilde, y dice lo que sabe, mientras busca diligentemente un conocimiento mayor, hallará todo el tesoro celestial que espera su demanda. Cuanto más trate de impartir luz, más luz recibirá. Cuanto más procure uno explicar la Palabra de Dios a otros, con amor por las almas, más clara se le presentará ésta. Cuanto más usemos nuestro conocimiento y ejercitemos nuestras facultades, más conocimiento y poder tendremos.

Todo esfuerzo hecho por Cristo repercutirá en bendición sobre nosotros mismos. Si empleamos nuestros recursos para su gloria, él nos dará más. Al procurar ganar a otros para Cristo, llevando la preocupación por las almas en nuestras oraciones, nuestros propios corazones palpitarán bajo la vivificante influencia de la gracia de Dios; nuestros propios afectos resplandecerán con más divino fervor; nuestra vida cristiana toda será más real, más ferviente, más llena de oración.

El valor del hombre se estima en el cielo de acuerdo con la capacidad que el corazón tiene de conocer a Dios. Este conocimiento es la fuente de la cual fluye todo poder. Dios creó al hombre de manera que toda facultad pudiera ser la facultad de la mente divina; y está siempre tratando de asociar la mente humana con la divina. El nos ofrece el privilegio de cooperar con Cristo en la obra de revelar su gracia al mundo, a fin de que podamos recibir un conocimiento mayor de las cosas celestiales. Mirando a Jesús obtenemos vislumbres más claras y distintas de Dios, y Por la contemplación somos transformados. La bondad, el amor por nuestros semejantes, llega a ser nuestro instinto natural. Desarrollamos un carácter que será la copia del carácter divino. Creciendo a su semejanza, ampliamos nuestra capacidad de conocer a Dios. Entramos cada vez en mayor relación con el mundo celestial, y llegamos a poseer un poder creciente para recibir las riquezas del conocimiento y la sabiduría de la eternidad.

Un solo talento

El hombre que recibió un solo talento, "fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su Señor".

El que había recibido el menor don fue el que dejó su talento sin aprovechar. Aquí se da una amonestación a todos los que sienten que la pequeñez de sus dones los excusa de presentar servicio a Cristo. Si pudieran hacer algo grande, cuán gozosamente lo emprenderían; pero debido a que sólo pueden servir en cosas pequeñas, creen que están justificados por no hacer nada. En esto se equivocan. El Señor está probando el carácter en la manera en que distribuye los talentos. El hombre que deja de aprovechar su talento demuestra que es un siervo infiel. Si hubiera recibido cinco talentos, los habría enterrado lo mismo como enterró el único que recibió. El descuido de un solo talento mostró que despreciaba los dones del cielo.

"El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel". La importancia de las cosas pequeñas es a mentido menospreciada a causa de su pequeñez; pero ellas proveen una gran parte de la actual disciplina de la vida. En realidad no hay nada que no sea esencial en la vida cristiana. El edificio de nuestro carácter se verá lleno de riesgos si menospreciamos la importancia de las cosas pequeñas."El que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto". Por la infidelidad en los deberes más pequeños, el hombre roba a su Hacedor el servicio que le debe. Esta infidelidad tiene su reacción sobre él mismo. No obtiene la gracia, el poder y la fortaleza de carácter que pueden alcanzarse mediante una entrega sin reservas a Dios. Al vivir apartado de Cristo está sujeto a las tentaciones de Satanás, y comete equivocaciones en su obra por el Maestro. Por causa de que no es guiado por los debidos principios en las cosas pequeñas, deja de obedecer a Dios en los asuntos de mayor importancia que él considera como su obra especial. Los defectos acariciados al tratar con los detalles menores de la vida, pasan a los asuntos más importantes. Actúa según los principios a los cuales se ha acostumbrado. Así las acciones repetidas forman los hábitos, los hábitos forman el carácter, y por el carácter se decide nuestro destino para el tiempo y la eternidad.

Únicamente merced a la fidelidad en las cosas pequeñas puede el alma prepararse para actuar con fidelidad en las responsabilidades mayores. Dios puso a Daniel y a sus compañeros en relación con los grandes hombres de Babilonia, a fin de que estos paganos pudieran llegar a familiarizarse con los principios de la verdadera religión. En medio de una nación de idólatras, Daniel había de representar el carácter de Dios. ¿Cómo llegó él a estar preparado para un puesto de tanta confianza y honor? Fue su fidelidad en las cosas pequeñas lo que le dio carácter a su vida entera. El honraba a Dios en los deberes más pequeños, y el Señor cooperaba con él. Dios dio a Daniel y a sus compañeros "conocimiento e inteligencia en todas letras y ciencia: mas Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños".

Así como Dios llamó a Daniel para que le fuera testigo en Babilonia, él nos llama a nosotros para que le seamos testigos en el mundo hoy día. Tanto en los pequeños como en los más grandes asuntos de la vida él desea revelar a los hombres los principios de su reino.

Durante su vida en la tierra, Cristo enseñó la lección de la atención cuidadosa que debe dispensarse a las cosas pequeñas. La gran obra de la redención pesaba continuamente sobre su alma. Mientras enseñaba y sanaba, todas las energías de su mente y su cuerpo eran esforzadas hasta el límite; no obstante notaba las cosas más sencillas de la vida y la naturaleza. Sus lecciones más instructivas fueron aquellas en las cuales, mediante las cosas sencillas de la naturaleza, ilustró las grandes verdades del reino de Dios. No pasó por alto las necesidades del más humilde de sus siervos. Su oído oía cada clamor de necesidad. Estaba atento al toque de la mujer enferma aun en medio de la multitud; el más leve toque de fe obtuvo respuesta. Cuando resucitó de la muerte a la hija de Jairo, recordó a los padres que debían darle algo de comer. Cuando por su propio gran poder resucito de la tumba, no desdeñó doblar y colocar cuidadosamente en su debido lugar los lienzos en los cuales se lo había envuelto.

La obra a la cual somos llamados como cristianos, es la de cooperar con Cristo en la salvación de las almas. Para hacer esta obra hemos hecho pacto con él. Descuidar la obra es ser desleales a Cristo. Pero a fin de realizar esta obra, debemos seguir su ejemplo de fiel y concienzuda atención a las cosas pequeñas. Este es el secreto del éxito en todo ramo de esfuerzo e influencia cristianos.

El Señor desea que su pueblo alcance el peldaño más alto de la escalera, a fin de que sus hijos puedan glorificarlo poseyendo la capacidad que él desea conferirles. Por la gracia de Dios se ha hecho toda provisión necesaria para que revelemos que actuamos según planes mejores que aquellos que emplea el mundo. Hemos de revelar una superioridad de intelecto, de entendimiento, de habilidad y conocimiento, porque creemos en Dios y en su poder de obrar en los corazones humanos.

Pero los que no poseen grandes dones no necesitan desanimarse. Usen los tales lo que tienen, vigilando fielmente todo punto débil en sus caracteres, y procurando fortalecerle por la gracia divina. En toda acción de la vida hemos de entretejer la fidelidad y la lealtad, cultivando los atributos que nos capacitarán para llevar a cabo la obra.

Los hábitos de negligencia deben ser resueltamente vencidos. Muchos piensan que es suficiente excusa para sus mayores errores el invocar su mente olvidadiza. ¿Pero no poseen ellos, lo mismo que otros, facultades intelectuales? Entonces debieran disciplinar su mente para que sea retentiva. Es un pecado olvidar, es un pecado ser negligente. Si adquirís el hábito de la negligencia, puede ser que descuidéis la salvación de vuestra propia alma y al fin halléis que no estáis preparados para el reino de Dios.

Las grandes verdades deben ser llevadas al terreno de las cosas pequeñas. La religión práctica ha de ser llevada al campo de los deberes humildes de la vida cotidiana. La mayor cualidad que pueda tener un hombre es obedecer implícitamente la Palabra del Señor.

A causa de que no se hallan relacionados con alguna obra directamente religiosa, muchos sienten que su vida es inútil; que no están haciendo nada para el avance del reino de Dios. Pero esto es una equivocación. Si su obra es la que alguien debe hacer, no deben acusarse a sí mismos de inútiles en la gran familia de Dios. No han de descuidarse los más humildes deberes. Cualquier trabajo honesto es una bendición, y la fidelidad en él puede resultar una preparación para más elevados cometidos.

No importa cuán humilde sea, cualquier trabajo hecho para Dios con una completa entrega del yo, es aceptado por él como el más elevado servicio. Ninguna ofrenda es pequeña cuando se da con corazón sincero y alma gozosa.

Doquiera estemos, Cristo nos ordena que asumamos los deberes que se nos presenten. Si éstos están en el hogar, afrontémoslos voluntariamente y con fervor, para hacer del hogar un sitio agradable. Si sois madres, educad a vuestros hijos para Cristo. Esta es una obra tan ciertamente hecha para Dios como la que el ministro efectúa en el púlpito. Si vuestro deber está en la cocina, tratad de ser cocineras perfectas. Preparad alimentos que sean sanos, nutritivos y apetitosos. Y al emplear los mejores ingredientes en la preparación de los alimentos, recordad que habéis de alimentar vuestra mente con los mejores pensamientos. Si vuestra labor consiste en trabajar la tierra, u os ocupáis en otra cosa, haced de vuestros deberes un éxito. Aplicaos a lo que estáis haciendo. En todo vuestro trabajo, representad a Cristo. Hacedlo todo como lo haría él si estuviera en vuestro lugar.

Por pequeño que sea vuestro talento, Dios tiene un lugar para él. Ese solo talento, sabiamente usado, realizará la obra que le fue asignada. Mediante la fidelidad en los pequeños deberes, hemos de trabajar según el plan de adición, y Dios obrará en nuestro favor según el plan de multiplicación. Estas cosas pequeñas llegarán a ser las más preciosas influencias en su obra.

Corra una fe viva cual hilo de oro, en toda la ejecución de los deberes aun más humildes. Entonces toda la tarea diaria promoverá el crecimiento cristiano. Habrá una continua contemplación de Jesús. El amor por él dará fuerza vital a cuanto se emprenda. Y así, mediante el uso debido de nuestros talentos, podemos unirnos por medio de una cadena de oro al mundo más elevado. Esta es la verdadera santificación; porque la santificación consiste en la alegre ejecución de los deberes diarios en perfecta obediencia a la voluntad de Dios.

Pero muchos cristianos están esperando que se les presente alguna gran obra que hacer. A causa de que no pueden hallar un lugar suficientemente grande para satisfacer su ambición, dejan de realizar con fidelidad los deberes comunes de la vida. Estos parecen carecer de interés para ellos. Día tras día dejan escurrir las oportunidades que se les presentan de demostrar su fidelidad a Dios. Mientras están esperando una obra grande, la vida se pasa, sus propósitos quedan sin cumplirse, y su obra sin realizarse.

La devolución de los talentos

"Y después de mucho tiempo, vino el Señor de aquellos siervos, e hizo cuentas con ellos". Cuando el Señor arregle cuentas con sus siervos, será examinado cuidadosamente él producto de cada talento. La obra hecha revela el carácter del obrero.

Los que han recibido cinco talentos y los que han recibido dos, devuelven al Señor los dones que les han sido confiados con la ganancia correspondiente. Al hacerlo no se atribuyen mérito alguno. Sus talentos son aquellos que les han sido entregados; han ganado otros talentos, pero no podía haber habido ganancia sin el depósito. Ven que no han hecho sino su deber. El capital pertenecía al Señor; la ganancia también le pertenece. Si el Salvador no les hubiera conferido su amor y su gracia, hubieran fracasado para la eternidad.

Pero cuando el Maestro recibe los talentos, él aprueba y recompensa a los obreros como si todo el mérito les perteneciera a ellos. Su rostro esa lleno de gozo y satisfacción. Se deleita al considerar que puede conferirles bendiciones. Los recompensa por cada servicio y cada sacrificio, no porque les deba nada, sino porque su corazón rebosa de amor y ternura.

"Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel -dice-: sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor".

Es la fidelidad, la lealtad a Dios, el servicio amante, lo que gana la aprobación divina. Cada impulso del Espíritu Santo que conduce a los hombres a la bondad y a Dios, es registrado en los libros del cielo, y en el día de Dios, los obreros por medio de los cuales él ha obrado, serán ensalzados.

Entrarán en el gozo del Señor mientras ven en su reino a aquellos que han sido redimidos por su medio. Y se les da el privilegio de participar en su obra allí, porque han sido preparados para ella gracias a la participación en su obra aquí. Lo que seremos en el cielo será el reflejo de lo que seamos ahora en carácter y servicio santo. Cristo dijo de sí mismo: "El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir". Esta, su obra en la tierra, es también su obra en el cielo. Y nuestra recompensa por trabajar con Cristo en este mundo es el mayor poder y el más amplio privilegio de trabajar con él en el mundo venidero.

"Y llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste. Y tuve miedo, y fui, y escondí tu talento en la tierra: he aquí tienes lo que es tuyo".

Así los hombres disculpan la forma en que descuidan los dones de Dios. Consideran a Dios severo y tiránico, como si acechara para espiar sus errores y visitarlos con sus juicios. Ellos lo acusan de exigir lo que nunca dio, y de segar donde nunca sembró.

Hay muchos que en su corazón acusan a Dios de ser un amo duro porque reclama sus posesiones y su servicio. Pero no podemos traer a Dios nada que no sea ya suyo. "Todo es tuyo -decía el rey David- y lo recibido de tu mano te damos". Todas las cosas son de Dios, no sólo por la creación, sino por la redención. Todas las bendiciones de esta vida y de la vida venidera nos son entregadas con el sello de la cruz del Calvario. Por lo tanto, la acusación de que Dios es un amo duro, que siega donde no ha sembrado, es falsa.

El Señor no niega la acusación del mal siervo, por injusta que sea; pero encarándolo en su propio terreno le muestra que su conducta es inexcusable. Se le habían provisto formas y medios por los cuales el talento podría haber sido aprovechado para beneficio del poseedor. "Te convenía -dijo- dar mi dinero a los banqueros, y viniendo yo hubiera recibido lo que es mío con usura".

Nuestro Padre celestial no exige ni más ni menos que aquello que él nos ha dado la capacidad de efectuar. No coloca sobre sus siervos ninguna carga que no puedan llevar. "El conoce nuestra condición; acuérdese que somos polvo". Todo lo que él exige de nosotros podemos cumplirlo mediante la gracia divina.

"A cualquiera que fue dado mucho, mucho será vuelto a demandar de él". Se nos hará individualmente responsables si hacemos una jota menos de lo que podríamos efectuar con nuestra capacidad. El Señor mide con exactitud toda posibilidad de servicio. Hemos de dar cuenta tanto de las facultades no empleadas como de las que se aprovechan. Dios nos tiene por responsables de todo lo que llegaríamos a ser por medio del uso debido de nuestros talentos. Seremos juzgados de acuerdo con lo que debiéramos haber hecho, pero no efectuamos por no haber usado nuestras facultades para glorificar a Dios. Aun cuando no perdamos nuestra alma, en la eternidad nos daremos cuenta del resultado de no haber usado los talentos. Habrá una pérdida eterna por todo el conocimiento y la habilidad que podríamos haber obtenido y no obtuvimos.

Pero cuando nos entregamos completamente a Dios y en nuestra obra seguimos sus instrucciones, él mismo se hace responsable de su realización. El no quiere que conjeturemos en cuanto al éxito de nuestros sinceros esfuerzos. Nunca debemos pensar en el fracaso. Hemos de cooperar con Uno que no conoce el fracaso.

No debemos hablar de nuestra propia debilidad o incapacidad. Esto es una manifiesta desconfianza en Dios, una negación de su Palabra. Cuando murmuramos a causa de nuestras cargas, o rechazamos las responsabilidades que él nos llama a llevar, estamos prácticamente diciendo que él es un amo duro, que exige lo que no nos ha dado poder para hacer.

Estamos a menudo propensos a llamar humildad al espíritu del siervo holgazán. Pero la verdadera humildad es completamente distinta. El estar vestidos de humildad no significa que hemos de ser enanos intelectualmente, deficientes en la aspiración y cobardes en la vida, rehuyendo las cargas por temor de no poderlas llevar con éxito. La verdadera humildad cumple el propósito de Dios dependiendo de su fuerza.

Dios obra por medio de los que él elige. A veces elige al más humilde instrumento para que efectúe la mayor obra; porque su poder se revela en la debilidad del hombre. Los humanos tenemos nuestra norma, y en virtud de ella clasificamos una cosa como grande y otra como pequeña; pero Dios no valora las cosas de acuerdo con nuestra regla. No hemos de suponer que lo que es grande para nosotros tiene que ser grande para Dios, o lo que es pequeño para nosotros tiene que ser pequeño para Dios. No nos toca a nosotros juzgar nuestros propios talentos o elegir nuestra obra. Hemos de llevar las cargas que Dios nos señala, llevándolas por su causa, y siempre recurriendo a él en busca de descanso. Cualquiera sea nuestra obra, Dios es honrado por un servicio alegre y de todo corazón. El se agrada cuando afrontamos nuestros deberes con gratitud, regocijándonos de que se nos considere dignos de ser sus colaboradores.

El talento quitado

Sobre el siervo negligente se pronunció esta sentencia: "Quitadle pues el talento, y dadlo al que tiene diez talentos". Aquí así como en la recompensa del siervo fiel, se indica no sólo el galardón que se recibirá en el día del juicio final, sino el proceso gradual de retribución en esta vida. Como en el mundo natural, así en el espiritual, toda facultad que no se usa, se debilita y decae. La actividad es la ley de la vida: el ocio es muerte. "A cada uno le es dada manifestación del Espíritu para provecho". Empleados para bendecir a otros, sus dones aumentan. Encerrados para el servicio del yo, disminuyen y son finalmente quitados. Aquel que rehúsa impartir aquello que ha recibido, hallará al final que no tiene nada que dar. Está consintiendo en la realización de un proceso que con toda seguridad empequeñece y finalmente destruye las facultades del alma.

Nadie piense que podría vivir una vida de egoísmo, y entonces, habiendo servido a su propio interés, entrar en el gozo de su Señor. No podría participar en el gozo del amor desinteresado. No estaría preparado para los atrios celestiales. No podría apreciar la atmósfera pura del amor que compenetra el cielo. Las voces de los ángeles y la música de sus arpas no lo satisfarían. Para su mente la ciencia del cielo sería un enigma.

En el gran día del juicio, aquellos que no han trabajado por Cristo, los que se han dejado llevar al garete sin cargar responsabilidades, pensando en sí mismos y agradándose a sí mismos, serán colocados por el juez de toda la tierra con aquellos que obraron el mal. Reciben la misma condenación.

Muchos que profesan ser cristianos desatienden las exigencias de Dios y no creen que en esto haya algo malo. Ellos saben que el blasfemo, el asesino, el adúltero merecen castigo; pero por su parte, gozan de los servicios religiosos. Les gusta oír la predicación del Evangelio, y por lo tanto se creen cristianos. Aunque han gastado su vida en el cuidado de sí mismos, serán tan sorprendidos como fue el siervo infiel de la parábola al oír la sentencia: "Quitadle pues el talento". Como los judíos, confunden el gozo de las bendiciones con el uso que deben hacer de ellas.

Muchos de los que se excusan de hacer esfuerzo cristiano presentan como causa su incapacidad para la obra. ¿Pero los hizo Dios tan incapaces? No, nunca. La incapacidad fue producida por su propia inactividad y perpetuada por su elección deliberada. Ya, en su propio carácter, están percibiendo el resultado de la sentencia: "Quitadle el talento". El continuo mal uso de sus talentos, apagará del todo para ellos el Espíritu Santo, que es la única luz. La sentencia: "Echadle en las tinieblas de afuera", coloca el sello divino sobre la elección que ellos mismos han echo para la eternidad.