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Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 26

Talentos que dan éxito

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LA VENIDA de Cristo se produjo en un tiempo de intensa mundanalidad. Los hombres estaban subordinando lo eterno a lo temporal, los requerimientos de lo futuro a los asuntos presentes. Tomaban los fantasmas por realidades, y las realidades por fantasmas. No contemplaban por la fe el mundo invisible. Satanás les presentaba las cosas de esta vida como sumamente atractivas y absorbentes, y prestaban atención a sus tentaciones.

Cristo vino para cambiar este orden de cosas. Procuró romper el ensalmo que infatuaba y entrampaba a los hombres. En sus enseñanzas, trató de ajustar los requerimientos del cielo y de la tierra, y de desviar los pensamientos de los hombres de lo presente a lo futuro. En vez de perseguir las cosas temporales, los invitó a hacer provisión para la eternidad.

"Había un hombre rico -dijo él-, el cual tenía un mayordomo, y éste fue acusado delante de él como disipador de sus bienes". El rico había dejado todas sus posesiones en las manos de este siervo; Pero el siervo era infiel y el amo estaba convencido de que se le estaba robando sistemáticamente. Resolvió no retenerlo en su servicio, y pidió que fuesen investigadas sus cuentas. "¿Qué es esto -dijo- que oigo de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo".

Al verse condenado a ser despedido, el mayordomo vio tres caminos abiertos a su elección. Tendría que trabajar, mendigar, o morirse de hambre. Y dijo para si: "¿Qué haré? que mi señor me quita la mayordomía. Cavar, no puedo, mendigar, tengo vergüenza. Yo sé lo que haré para que cuando fuere quitado de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su señor, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu obligación, y siéntate presto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú, cuánto debes? Y él dijo: Cien coros de trigo. Y él le dijo: Toma tu obligación, y escribe ochenta".

Este siervo infiel hizo participar a otros de su falta de honradez. Defraudó a su amo para beneficiarlos, y ellos aceptando este beneficio, se colocaban bajo la obligación de recibirlo como amigo en sus casas.

"Y alabó el señor al mayordomo malo por haber hecho discretamente". El hombre del mundo alabó el ingenio del que lo había defraudado. Pero el elogio del rico no es el elogio de Dios.

Cristo no elogió al mayordomo injusto, pero empleó este caso bien conocido para ilustrar la lección que deseaba enseñar. "Haceos de amigos por medio del lucro de injusticia -dijo- para que, cuando éste os falte, os reciban en las moradas eternas".

El Salvador había sido censurado por los fariseos por tratar con publicanos y pecadores; pero su interés en ellos no disminuyó, ni cesaron sus esfuerzos por ellos. El vio que su empleo los inducía a la tentación. Estaban rodeados por incitaciones a hacer lo malo. Era fácil dar el primer paso malo, y el descenso era rápido para llegar a mayor falta de honradez y a mayores delitos. Cristo estaba tratando por todos los medios de ganarlos a principios más nobles y fines más elevados. Este era el propósito que tenía presente al relatar la historia del mayordomo infiel. Había habido entre los publicanos un caso como el presentado en la parábola, y en la descripción hecha por Cristo reconocieron ellos sus propias prácticas. Esto llamó su atención, y por el cuadro de sus prácticas faltas de honradez, muchos aprendieron una lección de verdad espiritual.

Sin embargo, la parábola se dirigía directamente a los discípulos. A ellos primero fue impartida la levadura de la verdad, y por su medio había de alcanzar a otros. Gran parte de la enseñanza de Cristo no era comprendida por los discípulos al principio, y en consecuencia sus lecciones parecían casi olvidadas. Pero bajo la influencia del Espíritu Santo esas verdades revivieron más tarde con claridad y por medio de los discípulos fueron presentadas vívidamente a los nuevos conversos que se añadían a la iglesia.

Y el Salvador hablaba también a los fariseos. El no perdía la esperanza de que percibieran la fuerza de sus palabras. Muchos habían sido convencidos profundamente, y al oír la verdad bajo el dictado del Espíritu Santo, no pocos llegarían a creer en Cristo.

Los fariseos habían tratado de desacreditar a Cristo acusándolo de tratarse con publicanos y pecadores. Ahora él vuelve el reproche contra sus acusadores. La escena que se sabía había ocurrido entre los publicanos, la presenta ante los fariseos, tanto para representar su conducta como para demostrar la única manera por la cual podían redimir sus errores.

Los bienes de su Señor habían sido confiados al mayordomo infiel con propósitos de benevolencia; pero éste los había usado para sí. Así también había hecho Israel. Dios había elegido la simiente de Abrahán. Con brazo poderoso la había librado de la servidumbre de Egipto. La había hecho depositaria de la verdad sagrada para bendición del mundo. Le había confiado los oráculos vivos para que comunicase la luz a otros. Pero sus mayordomos habían empleado estos dones para enriquecerse y exaltarse a sí mismos.

Los fariseos, llenos de un sentimiento de su propia importancia y justicia propia, estaban aplicando mal los bienes que Dios les había prestado para que los empleasen en glorificarlo.

En la parábola, el siervo no había hecho provisión para lo futuro. Los bienes a él confiados para beneficio de otros, los había empleado para sí mismo. Pero había pensado solamente en lo presente. Cuando se le quitase la mayordomía, no tendría nada que pudiese llamar suyo. Pero todavía estaban en sus manos los bienes de su señor, y resolvió emplearlos para asegurarse contra necesidades futuras. A fin de lograr esto debía trabajar según un nuevo plan. En vez de juntar para sí, debía impartir a otros. Así podría conseguir amigos que lo recibieran, cuando se lo hubiese desechado. Así también ocurría con los fariseos. Pronto se les iba a quitar la mayordomía, y estaban llamados a proveer para lo futuro. Únicamente buscando el bien de otros, podían beneficiarse a sí mismos. Únicamente impartiendo los dones de Dios en la vida presente, podían proveer para la eternidad.

Después de relatar la parábola, Cristo dijo: "Los hijos de este siglo son en su generación más sagaces que los hijos de la luz". Es decir, que los hombres sabios de este mundo manifiestan más sabiduría y fervor en servirse a sí mismos que los que profesan servir a Dios en el servicio que le prestan. Así sucedía en los días de Cristo, y así sucede hoy. Miremos la vida de muchos de los que aseveran ser cristianos. El Señor los ha dotado de capacidad, poder e influencia; les ha confiado dinero, a fin de que sean colaboradores con él en la gran redención. Todos estos dones han de ser empleados en beneficiar a la humanidad, en aliviar a los dolientes y menesterosos. Debemos alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos, cuidar de la viuda y los huérfanos, servir a los angustiados y oprimidos. Dios no quiso nunca que existiese la extensa miseria que hay en el mundo. Nunca quiso que un hombre tuviese abundancia de los lujos de la vida mientras que los hijos de otros llorasen por pan. Los recursos que superan las necesidades reales de la vida, son confiados al hombre para hacer bien, para beneficiar a la humanidad. El Señor dice: "Vended lo que poseéis, y dad limosna". Sed "dadivosos", comunicad "con facilidad". "Cuando haces banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos". "Desatar las ligaduras de impiedad", "deshacer los haces de opresión", "dejar ir libres a los quebrantados", "que rompáis todo yugo". "Que partas tu pan con el hambriento", que "a los pobres errantes metas en casa". "Cuando vieres al desnudo, lo cubras". Que "saciares el alma afligida". "Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a toda criatura". Estas son las órdenes del Señor. ¿Está haciendo esta obra el conjunto de los que profesan ser cristianos?

¡Cuántos hay que se están apropiando para sí los dones de Dios! ¡Cuántos están añadiendo una casa a otra y un terreno a otro! ¡Cuántos están gastando su dinero en placeres para satisfacer el apetito, conseguir casas, muebles y vestiduras extravagantes! Dejan a sus semejantes en la miseria y el crimen, la enfermedad y la muerte. Multitudes están pereciendo sin una mirada de compasión, ni una palabra, ni una acción de simpatía.

Los hombres se hacen culpables de robar a Dios. Su empleo egoísta de los recursos que tienen priva al Señor de la gloria que debiera tributársele mediante el alivio de la humanidad doliente y la salvación de las almas. Están cometiendo desfalcos con los bienes que él les ha confiado. El Señor declara: "Llegarme he a vosotros a juicio y seré pronto testigo contra los que detienen el salario del jornalero, de la viuda, y del huérfano, y los que hacen agravio al extranjero". "¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En los diezmos y las primicias. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado". "Ea ya ahora, oh ricos... vuestras riquezas están podridas: vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están corrompidos de orín, y su orín os será en testimonio... Os habéis allegado tesoro para en los postreros días". "Habéis vivido en deleites sobre la tierra y sido disolutos". "He aquí, el jornal de los obreros que han segado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado de vosotros, clama; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos".

A cada uno se le pedirá que entregue los dones que le fueron confiados. En el día del juicio final, las riquezas que los hombres hayan acumulado no les valdrán de nada. No tienen nada que pueden llamar suyo.

Los que pasan la vida acumulando tesoro mundanal, manifiestan menos sabiduría, menos reflexión y cuidado por su bienestar eterno de lo que manifestaba el mayordomo infiel por su sostén terrenal. Menos sabios que los hijos de este mundo en su generación son los que profesan ser hijos de la luz. Son aquellos de quienes el profeta declaró en su visión del gran juicio final: "Aquel día arrojará el hombre, a los topos y murciélagos, sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase; y se entrarán en las hendiduras de las rocas y en las cavernas de las peñas, por la presencia formidable de Jehová, y por el resplandor de su majestad, cuando se levantare para herir la tierra".

"Haceos de amigos por medio del lucro de injusticia -dice Cristo-, para que, cuando éste os falte, os reciban en las moradas eternas". Dios, Cristo y sus ángeles ministran todos a los afligidos, los dolientes y los pecadores. Entregaos a Dios para esta obra, emplead sus dones con este propósito, y os asociaréis con los ángeles celestiales. Vuestro corazón latirá al unísono con el de ellos. Os asimilaréis a ellos en carácter. Estos habitantes de las moradas eternas no serán extraños para vosotros. Cuando hayan pasado las cosas terrenales, los centinelas de las puertas del cielo os darán la bienvenida. 307

Los medios usados para beneficiar a otros producirán recompensas. Las riquezas debidamente empleadas realizarán mucho bien. Se ganarán almas para Cristo. El que sigue el plan de vida de Cristo verá en las cortes celestiales a aquellos por quienes ha trabajado y se ha sacrificado en la tierra. Los redimidos recordarán agradecidos a los que han sido instrumentos de su salvación. El cielo será algo precioso para los que hayan sido fieles en la obra de ganar almas.

La lección de esta parábola es para todos. Cada uno será tenido por responsable de la gracia a él dada por medio de Cristo. La vida es demasiado solemne para ser absorbida en asuntos temporales o terrenales. El Señor desea que comuniquemos a otros aquello que el Eterno e Invisible nos comunica.

Cada año, millones y millones de almas humanas pasan a la eternidad sin haber sido amonestadas ni salvadas. De hora en hora, en nuestra vida variada, se nos presentan oportunidades de alcanzar y salvar almas. Las oportunidades llegan y se van continuamente. Dios desea que las aprovechemos hasta lo sumo. Pasan los días, las semanas y los meses y tenemos un día, una semana, un mes menos en que hacer nuestra obra. Algunos años más, cuando mucho, y la voz a la cual no podemos negarnos a contestar, será oída diciendo: "Da cuenta de tu mayordomía".

Cristo invita a todos a reflexionar. Haced cálculos honrados. Poned en un platillo de la balanza a Jesús, que significa tesoro eterno, vida, verdad, cielo, y el gozo de Cristo en las almas redimidas; poned en el otro todas las atracciones que el mundo pueda ofrecer. En un platillo de la balanza poned la pérdida de vuestra propia alma y de las almas de aquellos para cuya salvación podríais haber sido un instrumento; en el otro, para vosotros y para ellos, una vida que se mide con la vida de Dios. Pesad para el tiempo y la eternidad. Mientras estáis así ocupados, Cristo habla: "¿Qué aprovechará al hombre, si granjeara todo el mundo y perdiere su alma?"

Dios desea que escojamos lo celestial en vez de lo terrenal. Nos presenta las posibilidades de una inversión celestial. Quisiera estimular nuestros más elevados blancos, asegurar nuestro más selecto tesoro. Declara: "Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que oro de Ofir al hombre". Cuando hayan sido arrasadas las riquezas que la polilla devora y el orín corrompe, los seguidores de Cristo podrán regocijarse en su tesoro celestial, las riquezas imperecederas.

Mejor que toda la amistad del mundo es la amistad de los redimidos de Cristo. Mejor que un título de propiedad para el palacio más noble de la tierra es un título a las mansiones que nuestro Señor ha ido a preparar. Y mejores que todas las palabras de alabanza terrenal, serán las palabras del Salvador a sus siervos fieles: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo".

A aquellos que hayan despilfarrado sus bienes, Cristo da todavía oportunidad de obtener riquezas duraderas. El dice: "Dad, y se os dará". "Haceos bolsas que no se envejecen, tesoro en los cielos que nunca falta; donde ladrón no llega, ni polilla corrompe". "A los ricos de este siglo manda... que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, que con facilidad comuniquen atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano a la vida eterna".

Permitid, pues, que vuestra propiedad vaya antes que vosotros al cielo. Haceos tesoros junto al trono de Dios. Aseguraos vuestro título a las riquezas insondables de Cristo. "Haceos de amigos por medio del lucro de injusticia, para que cuando éste os falte os reciban en las moradas eternas".