Make your own free website on Tripod.com

 

Palabras de Vida del Gran Maestro

Capítulo 28

Bases para la recompensa final

[Flash Player]

Los judíos casi habían perdido de vista la verdad de la abundante gracia de Dios. Los rabinos enseñaban que el favor divino había que ganarlo. Esperaban ganar la recompensa de los justos por sus propias obras. Así su culto era impulsado por un espíritu codicioso y mercenario. Aun los mismos discípulos de Cristo no estaban del todo libres de este espíritu, y el Salvador buscaba toda oportunidad para mostrarles su error. Precisamente antes que él diera la parábola de los obreros, ocurrió un suceso que le brindó la oportunidad de presentar los buenos principios.

Mientras iba por el camino, un joven príncipe vino corriendo hacia él, y arrodillándose, lo saludó con reverencia. "Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?" preguntó.

El príncipe se había dirigido a Cristo meramente como a un honrado rabí, no discerniendo en él al Hijo de Dios. El Salvador dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno, es a saber, Dios". ¿En qué te basas para llamarme bueno? Dios es el único bueno. Si me reconoces a mí como tal, me debes recibir como su Hijo y Representante.

"Si quieres entrar en la vida -añadió-, guarda los mandamientos". El carácter de Dios está expresado en su ley; y para que estés en armonía con Dios, los principios de su ley deben ser la misma fuente de cada acción tuya.

Cristo no disminuye las exigencias de la ley. En un lenguaje inconfundible, presenta la obediencia a ella como la condición de la vida eterna: la misma condición que se requería de Adán antes de su caída. El Señor no espera menos del alma ahora que lo que esperó del hombre en el paraíso: perfecta obediencia, justicia inmaculada. El requisito que se ha de llenar bajo el pacto de la gracia es tan amplio como el que se exigía en el Edén: la armonía con la ley de Dios, que es santa, justa y buena.

A las palabras: "Guarda los mandamientos", el joven respondió: "¿Cuáles?" El pensaba que se refería a algunos preceptos ceremoniales; pero Cristo estaba hablando de la ley dada desde el Sinaí. Mencionó varios mandamientos de la segunda tabla del Decálogo, y entonces los resumió todos en el precepto: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".

El joven respondió sin vacilación: "Todo esto guardé desde mi juventud: ¿qué más me falta?" Su concepción de la ley era externa y superficial. Juzgado por una norma humana, él había conservado un carácter intachable. En alto grado, su vida externa había estado libre de culpa; ciertamente pensaba que su obediencia había sido sin defecto. Sin embargo, tenía un secreto temor de que no estuviera todo bien entre su alma y Dios. Esto fue lo que lo indujo a preguntar: "¿Qué más me falta?"

"Si quieres ser perfecto -dicele Jesús-, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme. Y oyendo el mancebo esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones".

El que se ama a sí mismo es un transgresor de la ley. Jesús deseaba revelarle esto al joven, y le dio una prueba que pondría de manifiesto el egoísmo de su corazón. Le mostró la mancha de su carácter. El joven no deseaba mayor iluminación. Había acariciado un ídolo en el alma; el mundo era su dios. Profesaba haber guardado los mandamientos, pero carecía del principio que es el mismo espíritu y la vida de todos ellos. No tenía un verdadero amor a Dios o al hombre. Esto significaba la carencia de algo que lo calificaría para entrar en el reino de los cielos. En su amor a sí mismo y a las ganancias mundanales estaba en desacuerdo con los principios del cielo. Cuando este joven príncipe vino a Jesús, su sinceridad y fervor ganaron el corazón del Salvador. "Mirándole, améle". En este joven vio él a uno que podría ser útil como predicador de justicia. El quería recibir a este noble y talentoso joven tan prestamente como recibió a los pobres pescadores que lo siguieron. Si el joven hubiera consagrado su habilidad a la obra de salvar almas, habría llegado a ser un diligente obrero de éxito para Cristo.

Pero primeramente debía aceptar las condiciones del discipulado. Debía consagrarse a sí mismo sin reservas a Dios. Al llamado del Salvador, Juan, Pedro, Mateo, y sus compañeros, "dejadas todas las cosas, levantándose, le siguieron". La misma consagración se exigió del joven príncipe. Y en esto Cristo no pidió un sacrificio mayor del que él mismo había hecho. "Por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico; para que vosotros por su pobreza fueseis enriquecidos". El joven rico sólo tenía que seguir el camino recorrido por Cristo. Cristo miró al joven, y anheló que le entregara su alma. Anheló enviarlo como un mensajero de bendición a los hombres. En lugar de aquello que lo invitó a entregarle, Cristo le ofreció el privilegio de su compañía. "Sígueme", dijo. Este privilegio había sido considerado como un gozo por Pedro, Santiago y Juan. El joven mismo miraba a Cristo con admiración. Su corazón era atraído hacia el Salvador. Pero no estaba listo a aceptar el principio del sacrificio propio expresado por el Salvador. Elegía sus riquezas antes que a Jesús. Anhelaba la vida eterna, pero no quería recibir en el alma ese amor abnegado, el único que es vida, y con un corazón pesaroso se apartó de Cristo.

Al alejarse el joven, Jesús dijo a sus discípulos: "¡Cuán dificultosamente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!" Estas palabras asombraron a los discípulos Se les había enseñado a considerar a los ricos como los favoritos del cielo; ellos mismos esperaban recibir riquezas y poder mundanos en el reino del Mesías; y si el rico no entraba en el reino de los cielos, ¿qué esperanza podría haber para el resto de los hombres?

"Mas Jesús respondiendo, les volvió a decir: ¡Hijos, cuán difícil es entrar en el reino de Dios, los que confían en las riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que el rico entrar en el reino de Dios. Y ellos se espantaban más". Ahora se daban cuenta de que ellos mismos estaban incluidos en la solemne amonestación. A la luz de las palabras del Salvador, fue revelado su propio anhelo secreto de poder y riquezas. Con dudas respecto a ellos mismos, exclamaron: " ¿Y quién podrá salvarse?"

"Entonces Jesús mirándolos, dice: Para los hombres es imposible; mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios".

Un hombre rico, como tal, no puede entrar en el reino de los cielos. Su riqueza no le da ningún título a la herencia de los santos en luz. Es sólo por la gracia inmerecida de Cristo como un hombre puede hallar entrada en la ciudad de Dios.

No menos para el rico que para el pobre son las palabras que habló el Espíritu Santo: "No sois vuestros. Porque comprados sois por precio". Cuando los hombres crean esto, considerarán sus posesiones como un préstamo, que ha de ser usado como Dios dirija, para la salvación de los perdidos y el consuelo de los que sufren y los pobres. Para el hombre esto es imposible, porque el corazón se adhiere a su tesoro terrenal. El alma que está unida en servicio a Mammón es sorda al clamor de la necesidad humana. Pero para Dios todas las cosas son posibles. Al contemplar el incomparable amor de Cristo, el corazón egoísta será ablandado y subyugado. El hombre rico será inducido, como lo fue Saulo el fariseo, a decir: "Las cosas que para mí eran ganancia, helas reputado pérdidas por amor de Cristo: Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor". Entonces no considerarán nada como suyo propio. Se regocijarán de considerarse a sí mismos como mayordomos de la multiforme gracia de Dios, y por su causa siervos de todos los hombres.

Pedro fue el primero en reponerse de la secreta convicción obrada por las palabras del Salvador. Pensó con satisfacción en lo que él y sus hermanos habían abandonado por Cristo. "He aquí -dijo-, nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido". Recordando la promesa condicional hecha al joven príncipe, "tendrás tesoro en el cielo", ahora preguntó qué habían de recibir él y sus compañeros como recompensa por sus sacrificios.

La respuesta del Salvador emocionó los corazones de aquellos pescadores galileos. Pintó honores que sobrepujaban sus más altos sueños: "De cierto os digo, que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando se sentará el Hijo del hombre en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel". Y añadió: "No hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o heredades, por causa de mi y del Evangelio, que no reciba cien tantos ahora en este tiempo, casas, y hermanos y hermanas, y madres, e hijos, y heredades, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna".

Mas la pregunta de Pedro: "¿Qué pues tendremos?" había revelado un espíritu que, de no ser corregido, haría ineptos a los discípulos para ser mensajeros de Cristo: era el espíritu del asalariado. Aunque habían sido atraídos por el amor de Cristo, los discípulos no estaban completamente libres de fariseísmo. Todavía trabajaban con el pensamiento de merecer una recompensa en proporción a su labor. Acariciaban un espíritu de exaltación y complacencias propias, y hacían comparaciones entre ellos. Cuando alguno de ellos fracasaba en algún respecto, los otros se sentían superiores.

Para que los discípulos no perdieran de vista los principios del Evangelio, Cristo les relató una parábola que ilustraba la manera en la cual Dios trata con sus siervos, y el espíritu con el cual él quiere que trabajen para él.

"El reino de los cielos -dijo él-, es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a juntar obreros para su viña". Era costumbre que los hombres que buscaban empleo esperaran en el mercado, y allá iban los contratistas a buscar siervos. Se representa al hombre de la parábola saliendo a diferentes horas para emplear obreros. Aquellos que son empleados en las primeras horas convienen en trabajar por una suma determinada; los que son ajustados más tarde dejan su sueldo al juicio del dueño de casa.

"Y cuando fue la tarde del día, el Señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Y viniendo los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Y viniendo también los primeros, pensaban que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario".

El trato del jefe de la casa con los obreros de su viña representa la forma en que Dios se relaciona con la familia humana. Dicho trato es contrario a las costumbres que prevalecen entre los hombres. En los negocios mundanales, se otorga la compensación de acuerdo con la obra realizada. El obrero espera que se le pague únicamente lo que gana. Pero en la parábola, Cristo estaba ilustrando los principios de su reino, un reino que no es de este mundo. El no se rige por una norma humana. El Señor dice: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos... Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos".

En la parábola, los primeros obreros convinieron en trabajar por una suma estipulada, y recibieron la cantidad que se había especificado, nada más. Los que fueron ajustados más tarde creyeron en la promesa del patrón: "Os daré lo que fuere justo". Mostraron su confianza en él no haciendo ninguna pregunta con respecto a su salario. Confiaron en su justicia y equidad. Y fueron recompensados, no de acuerdo con la cantidad de su trabajo, sino según la generosidad de su propósito.

Así Dios quiere que confiemos en Aquel que justifica al impío. Concede su recompensa no de acuerdo con nuestro mérito, sino según su propio propósito, "que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor". "No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó". Y en favor de aquellos que confían en él obrará "mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos".

No es la cantidad de trabajo que se realiza o los resultados visibles, sino el espíritu con el cual la obra se efectúa lo que le da valor ante Dios. Los que vinieron a la viña a la hora undécima estaban agradecidos por la oportunidad de trabajar. Sus corazones estaban llenos de gratitud hacia la persona que los aceptó; y cuando al final de la jornada el jefe de la casa les pagó por el día entero, estaban grandemente sorprendidos. Sabían que no habían ganado ese salario. Y la bondad revelada en el semblante de su empleador los llenó de gozo. Nunca olvidaron la bondad del dueño de la casa, ni la generosa recompensa que habían recibido. Esto es lo que ocurre con el pecador que, conociendo su falta de méritos, ha entrado en la viña del Señor a la hora undécima. Su tiempo de servicio parece muy corto, no se siente digno de recompensa alguna, pero está lleno de gozo porque por lo menos Dios lo ha aceptado. Trabaja con un espíritu humilde y confiado, agradecido por el privilegio de ser un colaborador de Cristo. Dios se deleita en honrar este espíritu.

El Señor desea que confiemos en él sin hacer preguntas con respecto a nuestra recompensa. Cuando Cristo mora en el alma, el pensamiento de recompensa no primará. Este no es el motivo que impulsa nuestro servicio. Es cierto que, en un sentido secundario, debemos tener en cuenta la recompensa. Dios desea que apreciemos las bendiciones que nos ha prometido. Pero no quiere que estemos muy ansiosos por la remuneración, ni que pensemos que por cada deber hemos de recibir un galardón. No debemos estar tan ansiosos de obtener el premio, como de hacer lo que es recto, independientemente de toda ganancia. El amor a Dios y a nuestros semejantes debe ser nuestro motivo.

Esta parábola no excusa a los que oyen el primer llamamiento a trabajar, pero no entran en la viña del Señor. Cuando el dueño de la casa fue al mercado a la hora undécima, y encontró algunos hombres sin ocupación, dijo: "¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?" La respuesta fue: "Porque nadie nos ha ajustado". Ninguno de los que fueron llamados hacia la tarde del día estaba allí por la mañana. No habían rechazado el llamamiento. Aquellos que rechazan y luego se arrepienten, hacen bien en arrepentirse; pero no es seguro jugar con el primer llamamiento de la misericordia.

Cuando los trabajadores de la viña recibieron "cada uno un denario", los que habían comenzado a trabajar temprano en el día se ofendieron. ¿No habían trabajado ellos durante doce horas? razonaron, y ¿no era justo que recibieran más que aquellos que habían trabajado solamente una hora de la parte más fresca del día? "Estos postreros sólo trabajado una hora -dijeron-, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día".

"Amigo -respondió el patrón a uno de ellos-, no te hago agravio; ¿no te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; mas quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito a mí hacer lo que quiero con lo mío? o ¿es malo tu ojo, porque yo soy bueno?"

"Así los primeros serán postreros, y los postreros primeros: porque muchos son llamados, mas pocos escogidos".

Los primeros trabajadores de la parábola representan a aquellos que, a causa de sus servicios, exigen que se los prefiera sobre los demás. Realizan su obra con espíritu de congratulación propia, y no ponen en ella abnegación y sacrificio. Pueden haber profesado servir a Dios durante toda su vida; pueden haber sido delanteros en soportar duros trabajos, privaciones y pruebas, y por lo tanto se creen merecedores de una gran recompensa. Piensan más en el pago que en el privilegio de ser siervos de Cristo. Según ellos, sus labores y sacrificios los hacen acreedores a un honor mayor que los demás, y debido a que esta pretensión no es reconocida, se ofenden. Si pusieran en su trabajo un espíritu amante y confiado, continuarían siendo los primeros, pero su disposición a quejarse y protestar es contraria al espíritu de Cristo, y demuestra que ellos son indignos de confianza. Revelan su deseo de engrandecimiento personal, su desconfianza en Dios, sus celos y mala voluntad hacia sus hermanos. La bondad y la liberalidad del Señor es para ellos sólo motivo de murmuración. Así muestran que no hay relación entre sus almas y Dios. No conocen el gozo de cooperar con el Artífice Maestro.

No hay nada más ofensivo para Dios que este espíritu estrecho y egoísta. El no puede trabajar con nadie que manifieste estos atributos. Los que los albergan son insensibles a la influencia de su Espíritu.

Los judíos habían sido llamados primero a la viña del Señor; y por causa de eso eran orgullosos y justos en su propia opinión. Consideraban que sus largos años de servicio los hacía merecedores de una recompensa mayor que los demás. No los exasperaba más que una insinuación de que los gentiles habían de ser admitidos con iguales privilegios que ellos en las cosas de Dios.

Cristo amonestó a los discípulos que fueron llamados en primer término a seguirle, a que no se acariciase entre ellos el mismo mal. El vio que un espíritu de justicia propia seria la debilidad y la maldición de la iglesia. Los hombres pensarían que podrían hacer algo para ganar un lugar en el reino de los cielos. Se imaginarían que cuando hubieran hecho cierto progreso, el Señor les ayudaría. Así habría abundancia del yo y poco de Jesús. Muchas personas que hubieran hecho un poco de progreso se envanecerían, y se pensarían superiores a los demás. Estarían ansiosas de ser aduladas, y manifestarían celo si no se las considerase más importantes que a otros. Cristo trata de guardar a sus discípulos de este peligro.

El jactarnos de nuestros méritos está fuera de lugar. "No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová".

El premio no se otorga por las obras, a fin de que nadie se alabe; mas es todo por gracia. "¿Qué, pues, diremos que halló Abrahán nuestro padre según la carne? Que si Abrahán fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse; mas no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abrahán a Dios, y le fue atribuido a justicia. Empero al que obra, no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda. Más al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia". Por lo tanto, no hay motivo para que uno se gloríe sobre otro o manifieste envidia hacia otro. Nadie obtiene un privilegio superior a otro, ni puede alguien reclamar la recompensa como un derecho.

El primero y el último han de ser participantes en la gran recompensa eterna, y el primero debe dar alegremente la bienvenida al último. Aquel que envidia la recompensa de otro olvida que él mismo es salvado sólo por gracia. La parábola de los trabajadores condena todos los celos y las sospechas. El amor se regocija en la verdad, y no hace comparaciones envidiosas. El que posee amor compara únicamente la belleza de Cristo con su propio carácter imperfecto.

Esta parábola es una amonestación a todos los obreros, por largo que sea su servicio, por abundantes que sean sus labores, acerca de que sin el amor hacia los hermanos, sin humildad ante Dios, ellos no son nada. No hay religión en la entronización del yo. Aquel que hace de la glorificación propia su blanco, se hallará destituido de aquella gracia que es lo único que puede hacerlo eficiente en el servicio de Cristo. Toda vez que se condesciende con el orgullo y la complacencia propia, la obra se echa a perder.

No es la cantidad de tiempo que trabajamos, sino nuestra pronta disposición y nuestra fidelidad en el trabajo, lo que lo hace aceptable a Dios. En todo nuestro servicio se requiere una entrega completa del yo. El deber más humilde, hecho con sinceridad y olvido de sí mismo, es más agradable a Dios que el mayor trabajo cuando está echado a perder por el engrandecimiento propio. El mira para ver cuánto del Espíritu de Cristo abrigamos y cuánta de la semejanza de Cristo revela nuestra obra. El considera mayores el amor y la fidelidad con que trabajamos que la cantidad que efectuamos.

Tan sólo cuando el egoísmo está muerto, cuando la lucha por la supremacía está desterrada, cuando la gratitud llena el corazón, y el amor hace fragante la vida, tan sólo entonces Cristo mora en el alma, y nosotros somos reconocidos como obreros juntamente con Dios.

Por cansador que sea su trabajo, los verdaderos obreros no lo considerarán como un tráfago penoso. Están dispuestos a gastarse y ser gastados; pero es un trabajo gozoso, hecho con un corazón alegre. El gozo en Dios sea expresa por medio de Cristo Jesús. Su gozo es el que le fue propuesto a Cristo, "que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra". Están cooperando con el Señor de la gloria. Este pensamiento dulcifica toda faena, fortalece la voluntad, vigoriza el espíritu para todo lo que pueda ocurrir. Trabajando con un corazón abnegado, ennoblecido por ser participante de los sufrimientos de Cristo, compartiendo sus simpatías, y cooperando con él en su labor, ellos ayudan a acrecentar su gozo, y producen honor y alabanza a su exaltado nombre.

Este es el espíritu de todo verdadero servicio para Dios. Debido a una falta de ese espíritu, muchos de los que parecen ser primeros llegarán a ser últimos, mientras que aquellos que lo poseen, aunque se los considere como últimos, llegarán a ser primeros.

Hay muchos que se han entregado a Cristo, y sin embargo no ven la oportunidad de hacer una gran obra o grandes sacrificios en su servicio. Estos pueden encontrar consuelo en el pensamiento de que no es necesariamente la entrega que se hace en el martirio la que es más agradable a Dios; puede ser que no sea el misionero que diariamente ha soportado el peligro y encarado la muerte, el que se destaque en primer plano en los registros celestiales. El cristiano que lo es en su vida privada, en la entrega diaria del yo, en la sinceridad de propósito y la pureza de pensamiento, en la mansedumbre que manifiesta bajo la provocación, en la fe y en la piedad, en la fidelidad en las cosas menores, aquel que en la vida del hogar representa el carácter de Cristo: tal persona, a la vista de Dios, puede ser más preciosa que el misionero o el mártir mundialmente conocido.

¡Oh, cuán diferentes son las normas según las cuales Dios y los hombres miden el carácter! Dios ve muchas tentaciones resistidas de las cuales el mundo y aun los amigos más cercanos nunca saben nada: tentaciones en el hogar, en el corazón. El nota la humildad que siente el alma al ver su propia debilidad, el sincero arrepentimiento hasta de un pensamiento que es malo. El ve la devoción ferviente a su servicio, El ha notado las horas de dura batalla con el yo, una batalla que gana la victoria. Todo esto lo saben Dios y los ángeles. Un libro de memoria es escrito ante él para aquellos que temen a Dios y piensan en su nombre.

El secreto del éxito no ha de ser hallado en nuestro conocimiento, en nuestra posición, en el número que constituimos o en los talentos que se nos han confiado, ni en la voluntad del hombre. Sintiendo nuestra deficiencia, hemos de contemplar a Cristo, y por medio de Aquel que es la fuerza de toda fuerza, el pensamiento de todo pensamiento, la persona voluntaria y obediente obtendrá una victoria tras otra.

Y por corto que sea nuestro servicio o humilde nuestro trabajo, si con una fe sencilla seguimos a Cristo, no seremos chasqueados en cuanto a la recompensa. Aquello que aun los mayores o los más sabios hombres no pueden ganar, el más débil y el más humilde pueden recibir. Los áureos portales del cielo no se abrirán ante el que se exalta a sí mismo. No darán paso a los de espíritu soberbio. Pero los eternos portales se abrirán de par en par ante el toque tembloroso de un niñito. Bendita será la recompensa de gracia concedida a los que trabajaron por Dios con simplicidad de fe y amor.